Un repartidor denunció el robo de su bicicleta eléctrica. Era su herramienta de trabajo. Sin ella, no podía trabajar.
Vidal empezó como siempre: preguntó en los bares de la zona, habló con otros repartidores, buscó testigos. Nada.
Entonces Nora levantó la mano, como en clase.
—¿Has mirado si la bici tiene GPS?
El repartidor sacó el móvil. La bicicleta tenía un localizador. Estaba en un garaje del barrio de Torrero, a tres kilómetros.
En el garaje había catorce bicicletas robadas.
Beltrán felicitó a Nora delante de todos. A Vidal no le dijo nada.
—No te enfades, mamá —le dijo Nora en el coche—. Tú también lo habrías encontrado.
—Sí. En una semana.
Vidal no estaba enfadada con Nora. Estaba enfadada consigo misma. Y eso era peor.