El martes, a las siete de la mañana, alguien había robado la caja de una churrería del barrio de La Magdalena. Seiscientos euros.
Vidal entró, miró el suelo, olió el aire y habló con el dueño cinco minutos. Después se fue directa a la casa de enfrente y llamó a la puerta.
Abrió un chico de diecinueve años, con las manos llenas de azúcar. Era el sobrino del dueño. Llevaba toda la mañana comiendo churros robados. Confesó enseguida.
A mediodía, el comisario Beltrán llamó a Vidal a su despacho.
—Lo ha resuelto en cuarenta minutos. Muy bien. Pero no ha tomado declaración al dueño por escrito. No ha pedido las cámaras de la calle. Y en el informe pone: Olía a churro.
—Es que olía a churro, comisario.
Beltrán no sonrió.
—A partir de ahora, quiero los informes completos.