Doña Pura llamaba a la comisaría casi todas las semanas. Esta vez estaba segura: su vecino del quinto había matado a su mujer. Había oído gritos y un golpe muy fuerte.
Vidal y Castillo subieron al quinto. Abrió la puerta la mujer del vecino, viva y con una sartén en la mano. Estaban haciendo una mudanza. El golpe era un armario.
Al bajar, Castillo estaba enfadado.
—Es la quinta vez este año. Esa señora nos hace perder el tiempo.
Vidal no contestó. Llamó a la puerta de doña Pura. La señora la invitó a pasar. El piso estaba muy limpio y en silencio. Había fotos de un marido muerto y de unos hijos que vivían en Alemania.
Vidal se quedó a tomar un café. Media hora.
—¿Vendrá la semana que viene? —le preguntó doña Pura en la puerta.
Vidal no prometió nada. Pero el martes siguiente volvió.