El dueño de una joyería del Paseo del Coso llamó a la policía muy nervioso. Dos hombres con casco habían entrado en la tienda y se habían llevado todas las joyas del escaparate.
Vidal escuchó la historia dos veces. Las dos veces fue exactamente igual, palabra por palabra.
—Demasiado perfecta —le dijo a Castillo en voz baja—. Nadie recuerda un robo así. Parece aprendida de memoria.
Revisaron las cuentas de la joyería. La tienda debía mucho dinero al banco. Y una semana antes, el dueño había aumentado el seguro contra robos.
Cuando Vidal se lo dijo, el joyero se sentó y se tapó la cara con las manos. No había habido ningún robo. Las joyas estaban en el maletero de su coche.
—Tengo tres hijos —dijo—. Iba a perderlo todo.
Vidal lo miró durante un rato largo. Después llamó a la patrulla. Esa noche no pudo dormir bien.