Vidal volvió a Zaragoza de noche. No puso la radio en todo el camino.
Tenía una obligación. Laura Prat estaba viva. Era una persona desaparecida. Tenía que informar al comisario, a la familia y al juzgado. Eso decían las normas.
Pero si informaba, Germán Ortiz se enteraría. Y sabría dónde estaba.
Por la mañana, en su despacho, Vidal sacó la carpeta de 2011. Escribió un informe nuevo, de una sola página. Decía que había investigado una postal anónima y que no había encontrado nada.
Después leyó el informe tres veces. Y lo firmó.
Esa misma mañana, el comisario Fuentes pasó por su despacho.
—¿Qué tal por el Pirineo, Vidal?
Vidal no sabía cómo se había enterado.
—Frío —dijo.
Fuentes la miró un segundo más de lo normal. Y se fue.