Laura Prat ya no se llamaba Laura. Ahora se llamaba Elisa. Llevaba quince años en Ansó.
Le contó a Vidal lo que nadie sabía. Su marido, Germán, la controlaba en todo: su dinero, su ropa, sus amigas. Le daba miedo. Ella intentó dejarlo dos veces, y las dos veces él la encontró.
Así que, una mañana de octubre, dejó el coche en la estación para que todos pensaran que se había ido en tren. Pero se fue en autobús hacia el norte. Con una mochila, sin móvil y sin despedirse de nadie.
—¿Y por qué me enviaste la postal? —preguntó Vidal.
—Porque vi en un periódico que habían vuelto a hablar del caso. Y que Germán se había vuelto a casar. Tenía miedo de que usted me buscara. Y tenía miedo de que él la ayudara.
Elisa se calló. Después le hizo una sola pregunta.
—¿Qué va a hacer ahora?