Vidal miró el tatuaje. En la carpeta de 2011 había una descripción completa de Laura Prat. Altura, ojos, cicatrices. Y un pequeño tatuaje de una nota musical en la muñeca izquierda.
La camarera también miró a Vidal. Y la reconoció. Vidal lo vio en sus ojos. Durante 2011, la cara de la inspectora había salido muchas veces en la televisión.
—¿Qué va a tomar? —preguntó la mujer. Su voz temblaba un poco.
—Un café —dijo Vidal—. Y cuando termines de trabajar, me gustaría hablar contigo.
La mujer no contestó. Se fue a la cocina.
Vidal esperó dos horas en la terraza. Tenía miedo de que la mujer escapara otra vez. Pensó en llamar a la Guardia Civil del pueblo. No lo hizo.
A las cinco, la mujer salió de la cocina sin el delantal. Se sentó enfrente de Vidal.
—Yo le envié la postal —dijo—. Me equivoqué.