Castillo entró en el despacho de Vidal con una carta en la mano. Parecía nervioso.
—Me han ofrecido un puesto en Madrid —dijo—. En la Brigada Central. Es una gran oportunidad.
Vidal siguió mirando la pantalla del ordenador. No quería que Castillo viera su cara.
—Enhorabuena. ¿Cuándo te vas?
—No lo sé. Tengo que contestar antes de fin de mes. Quería saber qué piensa usted.
Vidal pensó en muchas cosas. Pensó que Castillo era el mejor compañero que había tenido en años. Pensó que no quería volver a trabajar sola. Pensó que, a su edad, ella también había tenido una oferta en Madrid y había dicho que no.
—Pienso que deberías ir —dijo por fin.
Castillo salió del despacho sin decir nada.
Vidal miró la postal de las montañas. Necesitaba ir al Pirineo. Y necesitaba ir sola.