Un martes, en el correo de la comisaría, apareció una postal. No llevaba firma. Iba dirigida a la inspectora Vidal.
En la foto había un paisaje de montañas con nieve. Detrás, alguien había escrito solo tres palabras con letra pequeña y ordenada.
Dejad de buscarme.
Vidal se sentó. Leyó la postal diez veces. Nadie en la comisaría sabía que ella seguía buscando a alguien. Nadie, excepto Castillo, había visto la carpeta.
¿Era una broma? ¿Una venganza de alguien a quien había detenido? ¿O era de verdad Laura Prat, quince años después?
—Puede ser cualquiera —dijo Castillo.
Pero Vidal ya había cogido la lupa. El matasellos era casi ilegible. Solo se leían cuatro letras: A, N, S, O.
Esa noche, Vidal no fue a casa. Se quedó en la comisaría buscando en un mapa del Pirineo.