Habían atracado una farmacia en el barrio de Delicias. La única testigo era una señora de sesenta años que vivía enfrente. Según ella, el atracador era un hombre alto, rubio y con barba.
Pero había un problema. En el barrio todos sabían que el hijo de aquella señora tenía deudas. Y su hijo era bajo, moreno y sin barba.
Vidal fue a ver a la señora a su casa. Hablaron en la cocina. La señora repitió su descripción: alto, rubio, barba.
—Señora —dijo Vidal—, si yo tuviera un hijo en problemas, quizás haría lo mismo que usted.
La señora empezó a llorar, pero no cambió su versión.
Una semana después, la policía detuvo al hijo, por las huellas de la farmacia.
Cuando Vidal se cruzó con la señora en la calle, ella la miró con odio. Vidal lo entendió. No dijo nada.