La inspectora Lourdes Vidal llegó al bar a las ocho de la mañana, con un café en una mano y una bolsa de pipas en la otra. Alguien había robado seis jamones del almacén durante la noche.
El dueño del bar no paraba de hablar. Le enseñó la puerta forzada, la ventana rota, el almacén vacío. El agente Castillo, que llevaba solo tres meses trabajando con ella, lo apuntaba todo en una libreta.
Vidal no apuntaba nada. Miraba el suelo.
—¿Quién más tiene llave del almacén? —preguntó.
—Solo yo y mi cuñado. Pero mi cuñado está en Benidorm.
Vidal señaló unas huellas de zapato en el polvo. Eran de una talla enorme. Y llevaban arena.
—Pues llame a su cuñado —dijo—. Y pregúntele cuándo ha vuelto de la playa.
Aquella tarde, en su mesa de la comisaría, Vidal volvió a abrir una carpeta vieja. En la portada ponía: Laura Prat, 2011. Desaparecida.