Silvia había tomado una decisión sobre la casa de Rosario y el hotel.
Gerardo estaba en el hotel del pueblo de al lado. Silvia lo encontró en la cafetería.
—No voy a vender la casa —le dijo.
Gerardo se puso rojo. Le habló del dinero y del futuro.
—Y la fábrica tampoco. Ahora es mía.
Le explicó su idea. En la fábrica, con Uxía y con los vecinos, quería abrir algo pequeño: un museo de la historia del pueblo, una cafetería y unas habitaciones para viajeros. No cincuenta trabajos. Pero sí algunos.
Gerardo se levantó para irse. En la puerta se paró.
—Yo también pasé un verano allí, ¿sabes? De pequeño. Rosario me enseñó a pescar.
Antes de que Silvia pudiera contestar, sonó su móvil. Era su madre.
—La abuela quiere ir a Porto Escuro.