Silvia estaba en lo alto del faro, con unos documentos de Rosario, y alguien subía por la escalera.
Los pasos se acercaban. Silvia apretó el sobre contra el pecho. Por la escalera apareció una cabeza conocida. Era Gerardo.
—Te he seguido —dijo, sin aire—. ¿Qué es eso?
—No es asunto tuyo.
Gerardo intentó coger el sobre. Silvia se apartó. Durante un momento, los dos se miraron en silencio, con el viento golpeando los cristales.
—Si encuentras algo sobre la fábrica, tienes que decírmelo —dijo Gerardo—. Es muy importante para la empresa.
—Para la empresa —repitió Silvia—. No para el pueblo.
Gerardo bajó la escalera muy enfadado. Silvia esperó un poco y volvió a abrir el sobre. El primer documento era una escritura. Decía quién era el dueño de la vieja fábrica.