Marina pasó toda la semana pensando en aquella cita, cambiando de opinión varias veces sobre si debía ir o no. Por un lado, sentía muchísima curiosidad e ilusión. Por otro, tenía miedo de que el encuentro real rompiera la magia especial que habían construido a través de tantas notas sinceras. El sábado por la mañana decidió finalmente que sí iría, aunque solo fuera para poner cara por fin a aquella letra A que tanto le había hecho sentir durante las últimas semanas.
Se vistió con más cuidado de lo habitual y a las cinco menos cuarto ya estaba caminando hacia el parque con el corazón latiendo mucho más rápido de lo normal.