Al día siguiente, Marta se enfrentó a Elena en el pasillo del colegio con el periódico todavía en la mano. Le preguntó, dolida, cómo había sido capaz de usar sus palabras más íntimas sin pedirle permiso y mucho menos de publicarlas para que las leyera todo el colegio. Elena, sorprendida por la reacción de su amiga, intentó restarle importancia al asunto y argumentó que solo se había inspirado un poco en la conversación que habían tenido, pero sin entender todavía la gravedad de lo que realmente había hecho y de cómo se sentía su amiga