Unos días después, Mateo encontró en su habitación el primer libro que su madre le había regalado hacía tiempo. Era el mismo que había dejado encima de la mesa sin abrir al principio de esta historia. Esta vez lo abrió despacio y empezó a leer la primera página con curiosidad de verdad. Sonrió al darse cuenta de que, por fin, después de todo lo vivido, había aprendido a disfrutar de los libros como realmente merecían ser disfrutados.