Esa noche, Sofía durmió en una habitación cerca de la puerta cerrada. Otra vez oyó pasos, esta vez más cerca, y también un golpe suave contra la pared. Se levantó asustada y salió al pasillo, pero no vio a nadie. La casa estaba en silencio total.
Sofía pensó que quizás eran solo los ruidos normales de una casa vieja. Pero no podía dejar de sentir que alguien más vivía allí, escondido. Al final, decidió no contarle nada a Diego porque no quería parecer una persona nerviosa o exagerada.