Aquella tarde, Eva revisó las salas antes de cerrar el museo. En el banco donde siempre se sentaba, Oliver encontró un cuaderno pequeño de tapa azul. Lo reconoció enseguida y pensó en voz alta: ¿Es suyo? ¿Se lo llevo a recepción o espero a que vuelva?
No tenía su número de teléfono, así que decidió guardarlo en su bolso. Mientras caminaba a casa, seguía pensando en el cuaderno. ¿Lo abro solo para buscar un nombre? No, mejor no.
Al final, lo dejó encima de la mesa y se fue a dormir, aunque no dejó de pensar en él.