Cuando llegó la primavera siguiente, Tomás decidió replantar su jardín desde cero. Esta vez, lo haría sin ningún pacto mágico de por medio. Aceptó plenamente que las plantas nacerían, florecerían y morirían según el ciclo natural de las estaciones. Esto sería exactamente igual que cualquier otro jardín de la región.
Aunque a veces todavía sentía la tentación de recordar la belleza artificial de aquel invierno eterno, encontró en el nuevo jardín, mortal y cambiante, una paz mucho más profunda y genuina. Esta paz era más profunda que la que jamás había experimentado durante los meses en que había intentado, en vano, detener el paso natural del tiempo sobre el recuerdo de su esposa.