Elisa aceptó agradecida aquella nueva condición. Desde entonces, cada siete años, todo el pueblo se reunía junto al río para celebrar una ceremonia de recuerdo. En esta ceremonia, cada familia compartía historias sobre sus seres queridos fallecidos y sobre los objetos y recuerdos más preciados que habían perdido con el paso del tiempo. Aquella tradición, mucho más significativa que el simple sacrificio material original, unió profundamente a la comunidad entera.
El río continuó fluyendo con abundancia durante muchas generaciones más. Ahora, estaba honrado no por lo que se entregaba a sus aguas, sino por lo que se recordaba conscientemente junto a ellas.