Antes de empezar a pintar, Anselmo le advirtió con voz grave que aquel retrato no sería un simple recuerdo pintado sobre el lienzo, sino algo mucho más poderoso. Guardaría, literalmente, el paso del tiempo en su lugar, permitiéndole a ella conservar su juventud durante muchos años. Sin embargo, añadió que todo poder de esa naturaleza exigía siempre un precio. Él mismo no podía especificar exactamente cuál sería en su caso particular, ya que dependía de la vida que Elvira decidiera llevar a partir de aquel momento.
Elvira, todavía consumida por el dolor de su pérdida reciente, no dudó ni un instante en aceptar el trato. Era incapaz de imaginar, en ese momento, ninguna consecuencia que pudiera resultarle peor que el sufrimiento que ya estaba atravesando.