Cuando finalmente llegó la medianoche exacta, la campana sonó por sí sola, sin que nadie la tocara. El sonido fue suave y sereno, completamente distinto al que había producido aquella noche de furia un año antes. Mateo sintió, en ese preciso instante, que el peso invisible que había cargado durante meses se disolvía lentamente. Esto dejó espacio para una calma que no había sentido en mucho tiempo.
Aunque la maldición había terminado oficialmente, Mateo decidió seguir apoyando a su comunidad exactamente igual que antes. No lo hizo por obligación ni por miedo a su nueva consecuencia. Lo hizo porque había comprendido, gracias a aquel año de dolor compartido, que la compasión genuina no necesitaba ninguna magia para sostenerse en el tiempo.