Durante los meses siguientes, Mateo continuó ayudando a la comunidad. No ya por el alivio que sentía al hacerlo, sino porque había descubierto en aquel gesto una forma de vida que le resultaba, sorprendentemente, mucho más satisfactoria que la que llevaba antes de tocar la campana. Los vecinos comenzaron a notar el cambio, comentando entre ellos que Mateo parecía otra persona completamente distinta a la que discutía a gritos con su hermano meses atrás. Bruno, que seguía de cerca la evolución de su amigo, se preguntaba a menudo si aquella transformación desaparecería en cuanto se cumpliera el año.
O si, por el contrario, algo tan profundo podría sobrevivir después de que la maldición dejara de tener efecto sobre él.