Al volver a casa, Yara descubrió que su familia tenía, de repente, comida, ropa y una casa más grande. Todos parecían felices, excepto por un detalle: nadie recordaba quién era Yara. Sus padres la trataban como a una desconocida amable que había llegado de visita, sin ningún recuerdo de haberla criado. El deseo se había cumplido, pero el precio había sido su lugar dentro de la familia.