Su padre le había advertido muchas veces: «Aunque encuentres esa flor, no la cortes, porque todo deseo cumplido por magia exige tarde o temprano algo a cambio». Yara, que había crecido con una vida sencilla pero llena de carencias, no podía dejar de pensar en lo que haría si tuviera ese poder. Una tarde, sin decírselo a nadie, decidió adentrarse en el bosque para buscar el jardín.