Por un momento, empezó a sentirse frustrado. Pero entonces recordó algo que le repetía siempre su entrenador: «La diferencia entre un jugador bueno y uno excelente no es el talento, es la capacidad de seguir intentándolo». Diego respiró profundamente, volvió a colocar el balón y lo intentó otra vez, y otra, y otra más.
Finalmente, consiguió marcar. No era un partido importante, no había espectadores, nadie estaba aplaudiendo. Sin embargo, aquella sensación de superación personal le produjo una satisfacción enorme. Poco tiempo después, apareció un niño observándolo desde la valla.
Era nuevo en el barrio y no conocía a nadie. Diego lo invitó a jugar. Pasaron la siguiente hora compartiendo ejercicios y hablando de fútbol. Al terminar, ambos estaban cansados, pero también estaban contentos.
Diego había empezado el día intentando mejorar como jugador. Lo terminó ayudando a otra persona a disfrutar del mismo deporte que él amaba.