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Como Agua Para Chocolate, Como Agua Para Chocolate/Ep 2 – Text to read

Como Agua Para Chocolate, Como Agua Para Chocolate/Ep 2

Fortgeschritten 2 Spanisch lesson to practice reading

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Como Agua Para Chocolate/Ep 2

Como el día en que vieron en la plaza del pueblo a un señor que formaba figuras de

animales con globos alargados y se les ocurrió repetir el mecanismo pero utilizando trozos de

chorizo.

Armaron no sólo animales conocidos sino que además inventaron algunos con cuello de cisne, patas de perro y cola de caballo, por citar sólo algunos.

El problema surgía cuando tenían que deshacerlos para freír el chorizo.

La mayoría de las veces Tita se negaba.

La única manera en que accedía voluntariamente a hacerlo era cuando se trataba de elaborar las tortas de Navidad, pues le encantaban.

Entonces no sólo permitía que se desbaratara a uno de sus animales, sino que alegremente observaba cómo se freía.

Hay que tener cuidado de freír el chorizo para las tortas a fuego muy lento, para que de

esta manera quede bien cocido, pero sin dorarse excesivamente.

En cuanto está listo se retira del fuego y se le incorporan las sardinas, a las que con anterioridad se las ha despojado el esqueleto.

despojado del esqueleto.

Es necesario, también, rasparles con un cuchillo las manchas negras que tienen sobre la piel.

Junto con las sardinas se mezclan la cebolla, los chiles picados y el orégano molido.

Se deja reposar la preparación, antes de rellenar las tortas. Tita gozaba enormemente este paso, ya que mientras reposa el relleno es muy agradable

gozar del olor que despide, pues los olores tienen la característica de reproducir tiempos

pasados junto con sonidos y olores nunca igualados en el presente.

A Tita le gustaba hacer una gran inhalación y viajar junto con el humo y el olor-tan peculiar que percibía hacia los recovecos de su memoria.

recovecos de su memoria.

Vanamente trataba de evocar la primera vez que olió una de esas tortas, sin resultados,

porque tal vez fue antes de que naciera.

Quizá la rara combinación de las sardinas con el chorizo llamó tanto su atención que la hizo decidirse a renunciar a la paz del éter, escoger el

vientre de Mamá Elena para que fuera su madre y de esta manera ingresar en la familia De

la Garza, que comía tan deliciosamente y que preparaba un chorizo tan especial.

En el rancho de Mamá Elena la preparación del chorizo era todo un rito.

Con un día de anticipación se tenían que empezar a pelar ajos, limpiar chiles y a moler especias.

Todas las mujeres de la familia tenían que participar: Mamá Elena, sus hijas Gertrudis, Rosaura y Tita,

Nacha la cocinera y Chencha la sirvienta.

Se sentaban por las tardes en la mesa del comedor y entre pláticas y bromas el tiempo se iba volando hasta que empezaba a oscurecer.

Entonces Mamá Elena decía:

-Por hoy ya terminamos con esto.

Dicen que al buen entendedor pocas palabras, así que después de escuchar esta frase

todas sabían qué era lo que tenían que hacer.

Primero recogían la mesa y después se repartían las labores: una metía a las gallinas, otra sacaba agua del pozo y la dejaba lista

para utilizarla en el desayuno, y otra se encargaba de la leña para la estufa.

Ese día ni se planchaba ni se bordaba ni se cosía ropa.

Después todas se iban a sus recámaras a leer, rezar y dormir.

Una de estas tardes, antes de que Mamá Elena dijera que ya se podían levantar de la mesa, Tita, que entonces contaba con quince años, le anunció con voz

temblorosa que Pedro Muzquiz quería venir a hablar con ella...

-¿Y de qué me tiene que venir a hablar ese señor?

Dijo Mamá Elena luego de un silencio interminable que encogió el alma de Tita.

Con voz apenas perceptible Tita respondió:

-Yo no sé.

Mamá Elena le lanzó una mirada que para Tita encerraba todos los años de represión que

habían flotado sobre la familia y dijo:

-Pues más vale que le informes que si es para pedir tu mano, no lo haga.

Perdería su tiempo y me haría perder el mío.

Sabes muy bien que por ser la más chica de las mujeres a ti te corresponde cuidarme hasta el día de mi muerte.

Dicho esto, Mamá Elena se puso lentamente de pie, guardó sus lentes dentro del delantal

y a manera de orden final repitió:

-¡Por hoy, hemos terminado con esto!

Tita sabía que dentro de las normas de comunicación de la casa no estaba incluido el

diálogo, pero aun así, por primera vez en su vida intentó protestar a un mandato de su

madre.

-Pero es que yo opino que...

-¡Tú no opinas nada y se acabó!

Nunca, por generaciones, nadie en mi familia ha protestado ante esta costumbre y no va a ser una de mis hijas quien lo haga.

Tita bajó la cabeza y con la misma fuerza con que sus lágrimas cayeron sobre la mesa, así

cayó sobre ella su destino.

Y desde ese momento supieron ella y la mesa que no podían modificar ni tantito la dirección de estas fuerzas desconocidas que las obligaban, a la una, a

compartir con Tita su sino, recibiendo sus amargas lágrimas desde el momento en que nació,

y a la otra a asumir esta absurda determinación.

Sin embargo, Tita no estaba conforme.

Una gran cantidad de dudas e inquietudes acudían a su mente.

Por ejemplo, le agradaría tener conocimiento de quién había iniciado esta tradición familiar.

Sería bueno hacerle saber a esta ingeniosa persona que en su perfecto plan para asegurar la vejez de las mujeres había una ligera falla.

Si Tita no podía casarse ni tener hijos, ¿quién la cuidaría entonces al llegar a la senectud?

¿Cuál era la solución acertada en estos casos?

¿O es que no se esperaba que las hijas que se quedaban a cuidar a sus madres sobrevivieran mucho tiempo después del fallecimiento de sus progenitoras?

dónde se quedaban las mujeres que se casaban y no podían tener hijos, quién se encargaría

de atenderlas?

Es más, quería saber, ¿cuáles fueron las investigaciones que se llevaron a cabo para concluir que la hija menor era la más indicada para velar por su madre y no la hija

mayor?

¿Se había tomado alguna vez en cuenta la opinión de las hijas afectadas? ¿Le estaba permitido al menos, si es que no se podía casar, conocer el amor?

¿O ni siquiera eso? Tita sabía muy bien que todos estos interrogantes tenían que pasar irremediablemente a

formar parte del archivo de preguntas sin respuesta.

En la familia De la Garza se obedecía y punto. punto.

Mamá Elena, ignorándola por completo, salió muy enojada de la cocina y por una semana no le dirigió la palabra.

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