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Como Agua Para Chocolate, Como Agua Para Chocolate Ep 25 – Text to read

Como Agua Para Chocolate, Como Agua Para Chocolate Ep 25

Fortgeschritten 2 Spanisch lesson to practice reading

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Como Agua Para Chocolate Ep 25

Cuando se dio cuenta de que se trataba de las lágrimas de Tita, John bendijo a Chencha y

a su caldo de colita por haber logrado lo que ninguna de sus medicinas había podido: que

Tita llorara de esa manera. Apenado por la intromisión, se dispuso a retirarse. La voz de Tita

se lo impidió. Esa melodiosa voz que no había pronunciado palabra en seis meses.

-¡John! ¡No se vaya, por favor!

John permaneció a su lado y fue testigo de cómo pasó Tita de las lágrimas a las sonrisas,

al escuchar por boca de Chencha todo tipo de chismes e infortunios. Así se enteró el doctor

de que Mamá Elena tenía prohibidas las visitas a Tita. En la familia De la Garza se podían

perdonar algunas cosas, pero nunca la desobediencia ni el cuestionamiento de las actitudes

de los padres. Mamá Elena no le perdonaría jamás a Tita que, loca o no loca, la hubiera

culpado de la muerte de su nieto. Y al igual que con Gertrudis, tenía vetado inclusive el que

se pronunciara su nombre. Por cierto, Nicolás había regresado hacía poco con noticias de

ella.

Efectivamente la había encontrado trabajando en un burdel. Le había entregado su ropa y

ella le había mandado una carta a Tita. Chencha se la dio y Tita la leyó en silencio:

Querida Tita:

No sabes cómo te agradezco el que me hayas enviado mi ropa. Por fortuna aún me

encontraba aquí y la pude recibir. Mañana voy a dejar este lugar, pues no es el que

me pertenece. Aún no se cuál será, pero sé que en alguna parte tengo que encontrar

un sitio adecuado para mí. Si caí aquí fue porque sentía que un fuego muy intenso me

quemaba por dentro, el hombre que me cogió en el campo prácticamente me salvó la

vida. Ojalá lo vuelva a encontrar algún día. Me dejó porque sus fuerzas se estaban

agotando a mi lado, sin haber logrado aplacar mi fuego interior. Por fin ahora,

después de que infinidad de hombres han pasado por mí, siento un gran alivio. Tal vez

algún día regrese a casa y te lo pueda explicar.

Te quiere tu hermana Gertrudis.

Tita guardó la carta en la bolsa de su vestido y no hizo el menor comentario. El que

Chencha no le preguntara nada sobre el contenido de la carta indicaba claramente que ya la

había leído al derecho y al revés.

Más tarde, entre Tita, Chencha y John secaron la recámara, las escaleras y la planta baja.

Al despedirse, Tita le comunicó a Chencha su decisión de no regresar nunca más al

rancho y le pidió que se lo hiciera saber a su madre. Mientras Chencha cruzaba por enésima

vez el puente entre Eagle Pass y Piedras Negras, sin darse cuenta, pensaba cuál sería la

mejor manera de darle la noticia a Mamá Elena. Los celadores de ambos países la dejaron

hacerlo, pues la conocían desde niña. Además resultaba de lo más divertido verla caminar de

un lado a otro hablando sola y mordisqueando su rebozo. Sentía que su ingenio para

inventar estaba paralizado por el terror.

Cualquier versión que diera de seguro iba a enfurecer a Mamá Elena. Tenia que inventar

una en la cual ella, al menos, saliera bien librada. Para lograrlo tenía que encontrar una

excusa que disculpara la visita que le había hecho a Tita. Mamá Elena no se tragaría

ninguna. ¡Como si no la conociera! Envidiaba a Tita por haber tenido el valor de no regresar

al rancho. Ojalá ella pudiera hacer lo mismo, pero no se atrevía. Desde niña habla oído

hablar de lo mal que les va a las mujeres que desobedecen a sus padres o a sus patrones y

se van de la casa. Acaban revolcadas en el arroyo inmundo de la vida galante. Nerviosa daba

vueltas y vueltas a su rebozo, tratando de exprimirle la mejor de sus mentiras para estos

momentos. Nunca antes le había fallado. Al llegar a las cien .retorcidas al rebozo siempre

encontraba el embuste apropiado para la ocasión. Para ella mentir era una práctica de

supervivencia que había aprendido desde su llegada al rancho. Era mucho mejor decir que el

padre Ignacio la había puesto a recoger las limosnas, que reconocer que se le había tirado la

leche por estar platicando en el mercado. El castigo al cual uno se hacía merecedora era

completamente diferente.

Total todo podía ser verdad o mentira, dependiendo de que uno se creyera las cosas

verdaderamente o no. Por ejemplo, todo lo que había imaginado sobre la suerte de Tita no

había resultado cierto.

Todos estos meses se los había pasado angustiada pensando en los horrores por los que

estaría pasando fuera de la cocina de su casa. Rodeada de locos gritando obscenidades,

atada por una camisa de fuerza y comiendo quién sabe qué tipo de comida horrenda fuera de

casa. Imaginaba la comida de un manicomio gringo, para acabarla de amolar, como lo peor

del mundo. Y la verdad, a Tita la había encontrado bastante bien, nunca había puesto un pie

en un manicomio, se veía que la trataban de lo más bien en casa del doctor y no ha de haber

comido tan mal, pues le notaba hasta unos kilitos de más. Pero eso sí, por mucho que

hubiera comido nunca le hablan dado algo como el caldo de colita. De eso sí podía estar bien

segura, si no, ¿por qué habla llorado tanto cuando lo comió?

Pobre Tita, de seguro ahora que la había dejado estaría llorando nuevamente, atormentada

por los recuerdos y la idea de no volver a cocinar al lado de Chencha nunca más. Sí, de

seguro estaría sufriendo mucho. Nunca se le hubiera ocurrido imaginarla como realmente

estaba, bellísima, luciendo un vestido de raso tornasol con encajes, cenando a la luz de la

luna y recibiendo una declaración de amor. Para la mente sufridora y exagerada de Chencha

esto hubiera sido demasiado. Tita estaba sentada cerca de una fogata asando un malvavisco.

A su lado John Brown le proponía matrimonio. Tita había aceptado acompañar a John a una

lunada en un rancho vecino para festejar que le acababa de dar de alta. John le había

regalado un hermoso vestido que desde hacía tiempo había comprado en San Antonio, Texas,

para este momento. Su color tornasol le hacia recordar el plumaje que las palomas tienen en

el cuello, pero ya sin ninguna asociación dolorosa con el lejano día en que se encontró en el

palomar. Francamente, estaba completamente recuperada y dispuesta a iniciar una nueva

vida al lado de John. Con un tierno beso en los labios sellaron su compromiso. Tita no sintió

lo mismo que cuando Pedro la había besado, pero esperaba que su alma por tanto tiempo

enmohecida lograra poco a poco encenderse con la cercanía de este hombre tan maravilloso.

¡Por fin, después de haber caminado tres horas, Chencha tenía ya la respuesta! Como

siempre habla encontrado la mentira idónea. Le diría a Mamá Elena que paseando por Eagle

Pass se había encontrado en una esquina a una limosnera con la ropa sucia y desgarrada.

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