Como Agua Para Chocolate Ep 18
De ahí en fuera, la casa podía caerse, que a ella no
le importaba.
Chencha no quería ni imaginar lo que pasaría si Mamá Elena se enteraba que Tita no
quería participar en la elaboración del chorizo.
Habían decidido prepararlo por ser uno de los mejores recursos para utilizar la carne de
cerdo de una manera económica y que les aseguraba un buen alimento por mucho tiempo,
sin peligro de que se descompusiera. También habían dispuesto una gran cantidad de
cecina, jamón, tocino y manteca. Tenían que sacarle el mejor provecho posible a este cerdo,
uno de los pocos animales sobrevivientes de la visita que miembros del ejército revolucionario
les habían hecho unos días antes.
El día que llegaron los rebeldes sólo estaban en el rancho Mamá Elena, Tita, Chencha y
dos peones: Rosalío y Guadalupe. Nicolás, el capataz, aún no regresaba con el ganado que
por imperiosa necesidad había ido a comprar, pues ante la escasez de alimentos habían
tenido que ir matando a los animales con que contaban y era preciso reponerlos. Se había
llevado con él a dos de los trabajadores de más confianza para que lo ayudaran. Había dejado
a su hijo Felipe al cuidado del rancho, pero Mamá Elena lo había relevado del cargo,
tomando ella el mando en su lugar, para que Felipe pudiera irse a San Antonio, Texas, en
busca de noticias sobre Pedro y su familia. Temían que algo malo les hubiera pasado, ante
su falta de comunicación desde su partida.
Rosalío llegó a galope a informar que una tropa se acercaba al rancho. Inmediatamente
Mamá Elena tomó su escopeta y mientras la limpiaba pensó en esconder de la voracidad y el
deseo de estos hombres los objetos más valiosos que poseía. Las referencias que le habían
dado de los revolucionarios no eran nada buenas, claro que tampoco eran nada confiables
pues provenían del padre Ignacio y del Presidente Municipal de Piedras Negras. Por ellos
tenía conocimiento de cómo entraban a las casas, cómo arrasaban con todo y cómo violaban
a las muchachas que encontraban en su camino. Así pues, ordenó a Tita, Chencha y el
cochino que permanecieran escondidos en el sótano.
Cuando los revolucionarios llegaron, encontraron a Mamá Elena en la entrada de la casa.
Bajo las enaguas escondía su escopeta; a su lado estaban Rosalío y Guadalupe. Su mirada se
encontró con la del capitán que venía al mando y éste supo inmediatamente, por la dureza de
esa mirada, que estaban ante una mujer de cuidado.
-Buenas tardes, señora, ¿es usted la dueña de este rancho?
-Así es. ¿Qué es lo que quieren?
-Venimos a pedirle, por las buenas, su cooperación para la causa.
-Y yo, por las buenas, les digo que se lleven lo que quieran de las provisiones que
encuentren en el granero y los corrales. Pero eso sí, las que tengo dentro de mi casa no las
tocan, ¿entendido? Ésas son para mi causa particular.
El capitán, bromeando, se le cuadró y le respondió:
-Entendido, mi general.
A todos los soldados les cayó en gracia el chiste, y lo festejaron, pero el capitán se dio
cuenta de que con Mamá Elena no valían las chanzas, ella hablaba en serio, muy en serio.
Tratando de no amedrentarse por la dominante y severa mirada que recibía de ella, ordenó
que revisaran el rancho. Lo que encontraron no fue gran cosa, un poco de maíz para
desgranar y ocho gallinas. Uno de los sargentos, muy molesto, se acercó al capitán y le dijo:
-Esta vieja ha de tener todo escondido dentro de la casa, ¡déjeme entrar a supervisar!
Mamá Elena, poniendo el dedo en el gatillo, respondió:
-¡Yo no estoy bromeando y ya dije que a mi casa no entra nadie!
El sargento, riéndose y columpiando unas gallinas que llevaba en la mano, trató de
caminar hacia la entrada. Mamá Elena levantó la escopeta, se recargó en la pared para no
caer al piso por el impulso que iba a recibir, y le disparó a las gallinas. Por todos lados se
esparcieron pedazos de carne y olor a plumas quemadas.
Rosalío y Guadalupe sacaron sus pistolas temblando y plenamente convencidos de que ése
era su último día en la tierra. El soldado que estaba junto al capitán intentó dispararle a
Mamá Elena, pero el capitán con un gesto se lo impidió. Todos esperaban una orden suya
para atacar.
-Tengo muy buen tino y muy mal carácter, capitán. El próximo tiro es para usted y le
aseguro que puedo dispararle antes de que me maten, así es que mejor nos vamos
respetando, porque si nos morimos, yo no le voy a hacer falta a nadie, pero de seguro la
nación sí sentiría mucho su pérdida, ¿o no es así?
Realmente era difícil sostener la mirada de Mamá Elena, hasta para un capitán. Tenía algo
que atemorizaba. El efecto que provocaba en quienes la recibían era de un temor
indescriptible: se sentían enjuiciados y sentenciados por faltas cometidas. Caía uno preso de
un miedo pueril a la autoridad materna.
-Sí, tiene razón. Pero no 'se preocupe, nadie va a matarla, ni a faltarle al respeto, ¡faltaba más! Una mujer así de valiente siempre tendrá mi admiración. Y dirigiéndose a sus soldados
dijo:
-Nadie va a entrar a esta casa, vean qué más pueden encontrar aquí y vámonos.
Lo que descubrieron fue el gran palomar que formaba todo el techo de dos aguas de la
enorme casa. Para llegar a él se tenía que trepar una escalera de siete metros de altura.
Subieron tres rebeldes y se quedaron pasmados un buen rato antes de poder moverse.
Imponían el tamaño, la obscuridad y el canturreo de las palomas ahí reunidas que entraban
y saltan por pequeñas ventanas laterales. Cerraron la puerta y las ventanas para que
ninguna pudiera escapar y se dedicaron a atrapar pichones y palomas.
Juntaron tal cantidad que pudieron alimentar a todo el batallón por una semana. Antes de
retirarse, el capitán recorrió a caballo el patio trasero, inhaló profundamente el indeleble olor
a rosas que aún permanecía en ese lugar. Cerró los ojos y así permaneció un buen rato.
Regresando al lado de Mamá Elena le preguntó:
-Tengo entendido que tiene tres hijas, ¿dónde están?
-La mayor y la menor viven en Estados Unidos, la otra murió.
La noticia pareció conmover al capitán. Con voz apenas perceptible respondió:
-Es una lástima, una verdadera lástima.
Se despidió de Mamá Elena con una reverencia. Se fueron tranquilamente, tal y como
vinieron y Mamá Elena quedó muy desconcertada ante la actitud que hablan tenido para con
ella; no correspondía a la de los matones desalmados que esperaba. Desde ese día prefirió no
opinar sobre los revolucionarios. De lo que nunca se enteró es de que ese era el mismo Juan
Alejandrez que meses antes se había llevado a su hija Gertrudis.