Como Agua Para Chocolate Ep 10
Tenía que
pensar rápidamente qué hacer con ellas. ¡Estaban tan hermosas! No era posible tirarlas a la
basura, en primera porque nunca antes había recibido flores y en segunda, porque se las
había dado Pedro. De pronto escuchó claramente la voz de Nacha, dictándole al oído una
receta prehispánica donde se utilizaban pétalos de rosa. Tita la tenía medio olvidada, pues
para hacerla se necesitaban faisanes y en el rancho nunca se habían dedicado a criar ese
tipo de aves.
Lo único que tenían en ese momento era codornices, así que decidió alterar ligeramente la
receta, con tal de utilizar las flores.
Sin pensarlo más salió al patio y se dedicó a perseguir codornices. Después de atrapar a
seis de ellas las metió a la cocina y se dispuso a matarlas, lo cual no le era nada fácil
después de haberlas cuidado y alimentado por tanto tiempo.
Tomando una gran respiración, agarró a la primera y le retorció el pescuezo como había
visto a Nacha hacerlo tantas veces, pero con tan poca fuerza que la pobre codorniz no murió,
sino que se fue quejando lastimeramente por toda la cocina, con la cabeza colgando de lado.
¡Esta imagen la horrorizó! Comprendió que no se podía ser débil en esto de la matada: o se
hacía con firmeza o sólo se causaba un gran dolor. En ese momento pensó en lo bueno que
sería tener la fuerza de Mamá Elena. Ella mataba así, de tajo, sin piedad. Bueno, aunque
pensándolo bien, no. Con ella había hecho una excepción, la había empezado a matar desde
niña, poco a poquito, y aún no le daba el golpe final. La boda de Pedro con Rosaura la había
dejado como a la codorniz, con la cabeza y el alma fracturada, y antes de permitir que la
codorniz sintiera los mismos dolores que ella, en un acto de piedad, con gran decisión,
rápidamente la ultimó. Con las demás todo fue más fácil. Sólo trataba de imaginar que cada
una de las codornices tenía atorado un huevo tibio en el buche y que ella piadosamente las
liberaba de ese martirio dándoles un buen torzón. Cuando niña, muchas veces deseó morir
antes que desayunar el consabido y obligatorio huevo tibio. Mamá Elena la obligaba a
comerlo. Ella sentía que el esófago se le cerraba fuerte, muy fuerte, incapaz de poder deglutir
alimento alguno, hasta que su madre le propinaba un coscorrón que tenía el efecto milagroso
de desbaratarle el nudo en la garganta, por la que entonces se deslizaba el huevo sin ningún
problema. Ahora se sentía más tranquila y los siguientes pasos los realizó con gran destreza.
Tal parecía que era la misma Nacha la que en el cuerpo de Tita realizaba todas estas
actividades: desplumar las aves en seco, sacarles las vísceras y ponerlas a freír.
Después de desplumadas y vaciadas las codornices, se les recogen y atan las patas, para
que conserven una posición graciosa mientras se ponen a dorar en la mantequilla,
espolvoreadas con pimienta y sal al gusto.
Es importante que se desplume a las codornices en seco, pues el sumergirlas en agua
hirviendo altera el sabor de la carne. Éste es uno de los innumerables secretos de la cocina
que sólo se adquieren con la práctica. Como Rosaura no había querido participar de las
actividades culinarias desde que se quemó las manos en el comal, lógicamente ignoraba éste
y muchos otros conocimientos gastronómicos. Sin embargo, quién sabe si por querer
impresionar a Pedro, su esposo, o por querer establecer una competencia con Tita en sus
terrenos, en una ocasión intentó cocinar. Cuando Tita amablemente quiso darle algunos
consejos, Rosaura se molestó enormemente y le pidió que la dejara sola en la cocina.
Obviamente el arroz se le batió, la carne se le saló y el postre se le quemó. Nadie en la
mesa se atrevió a mostrar ningún gesto de desagrado, pues Mamá Elena a manera de
sugerencia había comentado:
-Es la primera vez que Rosaura cocina y opino que no lo hizo tan mal. ¿Qué opina usted
Pedro?
Pedro, haciendo un soberano esfuerzo, respondió sin ánimo de lastimar a su esposa:
-No, para ser la primera vez no está tan mal.
Por supuesto esa tarde toda la familia se enfermó del estómago.
Fue una verdadera tragedia, claro que no tanta como la que se suscitó en el rancho ese
día. La fusión de la sangre de Tita con los pétalos de las rosas que Pedro le había regalado
resultó ser de lo más explosiva.
Cuando se sentaron a la mesa había un ambiente ligeramente tenso, pero no pasó a
mayores hasta que se sirvieron las codornices. Pedro, no contento con haber provocado los
celos de su esposa, sin poderse contener, al saborear el primer bocado del platillo, exclamó,
cerrando los ojos con verdadera lujuria:
-¡Éste es un placer de los dioses!
Mamá Elena, aunque reconocía que se trataba de un guiso verdaderamente exquisito,
molesta por el comentario dijo:
-Tiene demasiada sal.
Rosaura, pretextando náuseas y mareos, no pudo comer más que tres bocados. En cambio
a Gertrudis algo raro le pasó.
Parecía que el alimento que estaba ingiriendo producía en ella un efecto afrodisíaco, pues
empezó a sentir que un intenso calor le invadía las piernas. Un cosquilleo en el centro de su
cuerpo no la dejaba estar correctamente sentada en su silla. Empezó a sudar y a imaginar
qué se sentiría al ir sentada a lomo de un caballo, abrazada por un villista, uno de esos que
había visto una semana antes entrando a la plaza del pueblo, oliendo a sudor, a tierra, a
amaneceres de peligro e incertidumbre, a vida y a muerte. Ella iba al mercado en compañía
de Chencha la sirvienta, cuando lo vio entrar por la calle principal de Piedras Negras, venía al
frente de todos, obviamente capitaneando a la tropa. Sus miradas se encontraron y lo que vio
en los ojos de él la hizo temblar. Vio muchas noches junto al fuego deseando la compañía de
una mujer a la cual pudiera besar, una mujer a la que pudiera abrazar, una mujer... como
ella. Sacó su pañuelo y trató de que junto con el sudor se fueran de su mente todos esos
pensamientos pecaminosos.