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Cabecilla del Parador, La Cabecilla del Parador Episodio 5

La Cabecilla del Parador Episodio 5

Episodio 5

Capítulo Cinco

(Aguas Calientes: 16 de agosto: hora de la comida en el palafito/8 de la noche en la cocina)

Cerila y Pocha están poniendo la mesa.

Jorge entra a la casa sudado, se quita la ropa, se mete al baño y toma una ducha. Cerila: Pochita.

¿Qué estás leyendo, eh? Pocha: Es un libro sobre una escuela especial en la orilla de la selva para niñas donde las niñas pueden salir a la calle, andar a caballo y algún diá llegar a ser jefas de un rancho igual que los hombres.

Cerila: ¿Pa ver?

(Pocha le alcanza el libro a su mamá) Ajá. Interesante, ¿no? Si así fuera el mundo. Nunca he visto un libro que hable de estas posibilidades para las mujeres. Pero, en fin, puro cuento, hijita. Pocha: Pero si a mí me gusta el libro.

Cerila: ¡A mí también!

No vayas a creer que a mí no, Pocha.....Yo te ayudo a leer el libro. Quizá algún día cuando tú seas grande.... Jorge: ¿A ver?

¿Mis dos mujercitas favoritas del mundo no me saludan? Un beso, ¿no? (Jorge las abraza a las dos y les da besitos en la frente)

Cerila: Ya.

Vamos a comer. Jorge: Qué buena voz.

Te pasaste, Comadre. Cuánto tiempo hacía que no me comía un buen ceviche. Pocha: Y también te hemos traido del comedor un poco de paiche con arroz y yuca, Papi.

Jorge: Ay.

Qué rico. ¡Ahora sí, vamos a comer como la gente! (Jorge la levanta a Pocha y le da un besote en el cachete, da una vuelta y la vuelve a bajar al piso) Nadie las vió sacar eso del comedor, ¿no? Cerila: Ya.

Vamos a sentarnos. Se hace tarde. Pocha: Papi.

Jorge: Sí monita.

Pocha: ¿Crees que me puedes dar dos cañas?

Solo me faltan dos cañas para comprar un libro en Tierras Azules. Jorge: Claro.

Agarra de mi bolsillo de mi chaqueta. Está colgada en la puerta del armario. Después de comer con Cerila y Pocha, Jorge se echó el spray para los bichos, se lo echó en los brazos, en la cara, la nuca y, de ahí, salió al porche para sentarse en la mecedora.

El palafito de Jorge Quirós quedaba 10 metros río adentro, de la orilla. La casa estaba construida sobre cuatro pilotes encrustados en el lecho del río Mayu Wichay. El palafito era chico pero bien construído. Cuando pasaban las tormentas y las corrientes del río se ponían bravas, Jorge no se preocupaba. Jorge sacó su botella de huito, encendió un puro, le dió un toque al puro y se tiró medio vaso de huito de un solo zarpazo.

Cerila salió y se sentó en la mecedora junto a la mecedora de su esposo. Jorge: ¿Cuando vamos a hacer un verdadero cambio en esta mierda de pueblo, Cerila?

Cerila: Es que no se puede cambiar nada si uno no tiene los medios.

Jorge: Por eso mismo.

Mira Cerila. La gente ya no aguanta más. Nos quitan nuestra tierra y nosotros no hacemos nada. Nos prohiben navegar nuestras rutas ancestrales y nosotros no hacemos nada. Ya no vamos a aguantar el abuso, Cerila. Cerila: Jorgito.

¿Por qué no nos vamos? Vámonos de aquí. Vamos a la capital, a San Lucas a probar nuestra suerte allí. Jorge: ¿A vivir en un pueblo joven donde nos pueden robar y balacear?

Y en San Lucas, estar sin trabajo es la muerte, Cerila. Es peor que aquí. No. Cerila. Tenemos que defender nuestra tierra. ¡Tenemos que luchar aquí y recuperar lo nuestro, por mi santa madre que está en los cielos! Cerila: Mira Jorge.

Con todo respeto y amor por Teresita, pero tu santa madre está muerta justo porque ella y tu padre lucharon por su tierra. No mi guapetón. Nos vamos de aquí. En el peor de los casos, nosotros podemos poner un quiosco a vender golosinas y sánguches. Tú sabes de mecánica. A lo mejor te sale algo, alguna chambita por ahí. Jorge: Ay mi monita.

¿Y ahora quién está soñando? Cerila: Bueno, pues.

Mejor dejamos las cosas en paz ahora y hablamos de esto mañana, ¿ya?

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