Manuscrito de un Loco - Charles Dickens - 03
Cuando salía y veía la muchedumbre ocupada apretarse en las calles ó en el teatro, cuando oía los sonidos de la música, cuando miraba los bailarines, sentía trasportes tan alegres, que me daban terribles ganas de precipitarme en medio de ellos y arrancarles los miembros pedazo a pedazo y de aullar con los instrumentos. Pero entonces apretaba los dientes, golpeaba el suelo con el pie, clavaba mis uñas puntiagudas en mis manos: dominaba la locura y nadie podía sospechar aún que estaba loco.
Me acuerdo… aunque es una de las últimas cosas de que puedo acordarme… porque ahora mezclo mis sueños con los hechos reales y tengo tantas cosas que hacer aquí y tengo tanta prisa, que no me queda tiempo para poner en orden esa extraña confusión… pero me acuerdo como al fin vino la explosión. ¡Ja! ¡ja! ¡me parece que veo todavía sus miradas de espanto! ¡Con cuánta facilidad los arrojaba lejos de mi! ¡Cómo destrozaba sus semblantes con mis puños, y cómo me escapé con la ligereza del viento, dejándolos gritar y aullar muy lejos detrás de mi! Renace en mí la fuerza de un gigante cuando pienso en esto.
¿Que no? ¡Ved como esta barra de hierro se dobla bajo mi esfuerzo furioso! Podría romperla como una caña; pero aquí hay largas galerías con muchas puertas; creo que no podría encontrar el camino, y aunque lo encontrara, abajo hay unas verjas de hierro que tienen cuidadosamente cerradas porque saben qué loco tan astuto he sido, y están orgullosos por tenerme para enseñarme a los curiosos.
Veamos… sí, así fue… Yo había salido fuera; estaba muy entrada la noche cuando volví a casa y encontré al más orgulloso de los tres hermanos que me esperaba para verme. Para un asunto urgente decía; muy bien que me acuerdo.
Yo aborrecía a aquel hombre con toda la rabia de un loco: muchas veces, muchas, muchas, habían ardido mis manos en deseos de despedazarlo. Me dijeron que estaba allí: subí rápidamente la escalera. Tenia que hablarme en reserva: despedí a los criados.
¡Era ya muy tarde y estábamos juntos y solos por la primera vez!
Al principio aparté cuidadosamente los ojos de él, porque sabía lo que él ni siquiera sospechaba y a mí me servía de gloria… que el fuego de la locura brillaba ya en mis ojos como un horno encendido.
Permanecimos sentados en silencio algunos minutos.
Al fin habló. Mis recientes disipaciones y algunas extrañas muestras, hechas inmediatamente después de la muerte de su hermana, eran un insulto a su memoria, reuniendo muchas circunstancias que al principio se habían escapado a sus observaciones, pensaba que yo nunca había tratado bien a la difunta; deseaba saber si debía deducir de esto, que yo quería lanzar alguna acusación sobre ella y faltar al respeto debido a su familia. El uniforme que llevaba le imponía el deber de exigir esta explicación.
Este hombre tenía un grado en el ejército; un grado comprado con mi dinero, con la miseria de su hermana. Él había sido el más aferrado en el complot para casarme y apropiarse mi fortuna. Para él principalmente, y por él, se había visto obligada su hermana a casarse conmigo, aunque él sabía muy bien que la infeliz había dado ya su corazón a aquel joven sentimental.
¡Le imponía el deber su uniforme!—¡Su uniforme! ¡La librea de su degradación! Volví los ojos hacía él, no lo pude evitar, pero no dije una palabra.
Vi el cambio repentino que mi mirada produjo en su talante. Era un militar bizarro; sin embargo, su cara se puso blanquecina.
Echó atrás su silla, yo acerqué la mía más y más hacía él, y como me eché a reír (yo estaba entonces muy alegre) le vi estremecerse. Entonces sentí que la locura se apoderaba de mi; él, él mientras, tenía miedo.
—¿Usted quería mucho a su hermana cuando vivía? le dije. ¿V. la quería mucho?
El hombre miró con inquietud en torno suyo, y noté que su mano derecha apretaba el espaldar de su silla; sin embargo, no contestó nada.
—¡Miserable! grité: ¡te he adivinado! He descubierto tu trama infernal contra mí. Sé que su corazón pertenecía a otro antes de que la obligaras a casarse conmigo. Lo sé, lo sé, lo sé.
Levantóse él bruscamente, blandió su silla delante de mí y me gritó que retrocediera, porque yo mientras hablaba me había ido acercando a él.
Aullaba yo en vez de hablar y sentía hervir en mis venas el tumulto de las pasiones; oía también el antiguo cuchicheo de los espíritus, que me provocaban a que le arrancara el corazón.
—¡Condenación! exclamé, lanzándome sobre él. Soy el que ha matado a tu hermana. ¡Soy un loco! ¡Muerte! ¡muerte! ¡Sangre! ¡sangre! ¡Quiero tener tu sangre!
Aparté la silla que me tiró en su terror; luché con él a brazo partido y rodamos los dos por el suelo.
Fue una hermosa lucha, porque era alto y fuerte; combatía por su vida, y yo era un loco poderoso, hambriento de venganza, Yo sabía que no existía fuerza humana que pudiera igualar la mía y tenia razón, ¡razón! ¡razón! y eso que era loco.
Su resistencia se debilitó, me arrodillé sobre su pecho, apreté fuertemente con mis dos manos su cuello musculoso; su cara se puso amoratada, los ojos le saltaban de la cabeza y sacaba la lengua como si quisiera hacerme burla. Entonces apreté más fuerte, más fuerte, siempre más fuerte.
De repente la puerta se abrió con gran estrépito; mucha gente se precipitó en la habitación gritando: «¡Detened al loco!»
Mi secreto estaba descubierto: ahora era preciso luchar por la libertad; me levanté antes que nadie pudiera cogerme; me lancé en medio de los enemigos y me abrí paso con mi brazo vigoroso.
Todos caían delante de mi como si las hubiera golpeado con una maza. Gané la puerta, bajé saltando la escalera, y en un instante me puse en la calle.
Corrí hacía delante, derecho y tieso, y nadie se atrevió a detenerme.
Oía el ruido de pasos detrás de mi, y redoblaba mi ligereza. Aquel ruido se debilitaba a medida que me alejaba y acabó por apagarse del todo.
Yo en tanto saltaba siempre por encima de los arroyos y los charcos, por encima de las tapias y de los fosos, lanzando gritos salvajes que desgarraban los aires y eran repetidos por los seres extraños que me rodeaban.
Los demonios me llevaban en sus brazos, en medio de un huracán que tronchaba a su paso las hayas y los árboles; me llevaban en un torbellino y nada podía ver de lo que me rodeaba; ¡tan aturdido estaba del estrépito y de la rapidez de su carrera. Al fin me arrojaron lejos de si y caí pesadamente en tierra.
Cuando me desperté me encontré aquí… en esta alegre celda donde los rayos del sol llegan raras veces, donde los rayos de la luna cuando se deslizan hasta aquí solo sirven para hacerme ver mejor las sombras amenazadoras que me rodean y esa figura silenciosa, siempre en pie en aquel rincón.
Cuando estoy despierto puedo oír algunas veces gritos extraños, gemidos espantosos, que retumban en estos grandes edificios antiguos. De donde vienen, no lo sé; pero si sé que no los da esa figura pálida ni tienen nada que ver con ella, porque desde las primeras sombras del crepúsculo hasta los primeros albores de la aurora, permanece inmóvil en el mismo sitio, oyendo la armonía de mis cadenas de hierro y contemplando los saltos que doy sobre mi cama de paja.