¿Dios existe?
Esta es la pregunta que, curiosamente, más suscriptores nos han hecho.
Si tú eres uno de ellos, nos gustaría primero reiterarte que, especialmente en temas como
éste, nosotros no sabemos más al respecto que el resto de los mortales ni nos consideramos
poseedores de la verdad.
Creemos que es un tema muy personal, y que lo que nosotros con gusto podemos hacer, es
darte algo de información que encienda y motive tu curiosidad por saber más y entonces
tú mismo decidas la respuesta , Para comenzar, tendríamos que estar de
acuerdo, primero, en qué significa “Dios”.
La idea de lo divino ha estado presente desde el inicio de la cultura humana, pero ha cambiado
enormemente en cada etapa de la historia y de una cultura a otra.
Desde hace más de 30,000 años, los seres humanos han representado seres divinos, como
este hombre-león, y desde hace por lo menos 15,000 años, se acostumbra despedir a los
muertos mediante entierros rituales que suponen que hay otra vida después de esta.
En esta época se pensaba que todo en la naturaleza tenía un alma o espíritu.
Esta idea se llama animismo y no incluye la noción de un dios todopoderoso.
En la época neolítica aparece en muchas culturas la idea de dioses como seres encargados
de diferentes fenómenos naturales (la lluvia, el trueno, el sol) o aspectos de la vida (la
cosecha, la guerra, la maternidad).
Se trata de hechos sobre los que los humanos no tienen mucho control, por lo que resulta
gratificante creer que existen seres a los cuáles se les pueden pedir resultados propicios.
Con el surgimiento de la escritura aparecen las religiones organizadas, como en Egipto,
la India y Mesopotamia.
Ya es posible fijar en piedra los reglamentos y los rituales.
Los dioses ya tienen historias, relaciones y jerarquías claramente establecidas, como
los de la mitología griega.
En éstas sociedades, llamadas teocracias, la religión cumple dos funciones sociales
importantes: en primer lugar ayuda a mantener la paz, ya que las reglas que emanan de ella
proveen un incentivo para no matar a los vecinos.
En segundo lugar, ayudan a legitimar la posición de la autoridad central, ya que los reyes
y las jerarquías se consideran de origen divino (idea que persiste en algunas monarquías
actuales).
En ésta época, entre unas tribus del desierto de hace más de 3,000 años, surge el judaísmo.
Parece que al principio aceptaban la existencia de varios dioses, a los que no debían adorar,
pero hace 600 años se definen como la primera religión que cree en un sólo Dios, o sea
monoteísta, retomando del zoroastrismo (otra antigua religión),ideas como el dualismo
entre el bien y el mal, la creencia en un mesías y en el cielo y el infierno.
De la tradición judía surge Jesús que, con su énfasis en el amor y el perdón, funda
el cristianismo.
En la edad media, en siglo V, San Agustín incorpora muchas ideas de Platón a las enseñanzas
de Jesús y da origen al cristianismo moderno.
En el siglo VII, Mahoma funda el Islam, la más reciente religión monoteísta.
Actualmente existen cientos de religiones, nuevas y antiguas, y aunque tienen muchas
coincidencias, cada una entiende el concepto de Dios de manera diferente.
Y cada persona, incluso dentro de la misma religión, tiene una idea distinta.
Eso sin contar las filosofías espirituales como el budismo y el naturalismo que no creen
en un dios “personal”.
¿Podemos entonces negar o afirmar su existencia, si ni siquiera estamos de acuerdo en qué
significa “Dios”?
Plantear preguntas como ésta “Existe o no existe Dios” a otras personas, es algo
muy humano.
Frecuentemente lo hacemos con la esperanza de que los demás opinen lo mismo que nosotros,
reforzando así nuestra postura.
O, en el caso de que opinen algo diferente nos vemos tentados a ponerles una etiqueta
con la que los clasificamos y juzgamos fácilmente.
Cuando las personas tenemos opiniones diferentes, sobre todo acerca de cuestiones difíciles
de demostrar, suele suceder que se forman bandos.
El tema puede ser religioso, político o hasta deportivo.
Compartir opinión con uno de los bandos nos da un sentido de pertenencia y contribuye
a construir nuestra identidad.
Por eso, cuando alguien cuestiona nuestra convicción, generalmente no lo tomamos como
una posibilidad de mejorar nuestras ideas, sino como un ataque a nuestra mismísima identidad
y al grupo al que pertenecemos.
Con mucha frecuencia las discusiones (sobre todo en Internet) no tienen la intención
de cambiar la opinión del otro, y mucho menos de escucharla, sino de reforzar los vínculos
con el grupo propio.
Hasta aquí parece que no hay problema.
Pero sucede que las ideas más exitosas no suelen ser las que están más de acuerdo
con la realidad, sino las que más emociones fuertes causan, como el enojo.
Por eso este tipo de discursos llevan representaciones estereotipadas del otro grupo, que distorsionan
y agrandan sus características negativas.
Al reforzar las diferencias, se vuelve más fácil atacar a los otros tanto de manera
simbólica como física.
Lo más grave es cuando se llega a la mentalidad de “si no estás conmigo estás contra mí”,
tan frecuente en los fanatismos religiosos y nacionalistas y que ha provocado tanta muerte
y destrucción.
En CuriosaMente estamos convencidos de que los seres humanos podemos ir más allá de
estos comportamientos.
Podemos tener opiniones diferentes, escucharlas, discutirlas y seguir conviviendo en paz.
¿Y de la religión?
Somos un equipo plural y, si bien no tenemos las mismas creencias acerca de la existencia
de Dios, sí compartimos la idea que tienen casi todas las religiones en común: trata
a los demás como quieres que te traten.
¡Curiosamente!
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