Un escándalo en Bohemia - 04
El hombre saltó de su asiento, y se puso a pasearse de un lado a otro del cuarto, con incontenible agitación. Después, con un ademán de desesperación, se arrancó de la cara el antifaz y lo arrojó violentamente al suelo.
—Ha dicho usted la verdad—gritó:—yo soy el rey. ¿Por qué habría de intentar ocultarlo?
—¿Por qué, ciertamente? murmuró Holmes. —Vuestra majestad no había hablado aún, cuando yo sabía que tenía delante de mí a Wilhelm Gottsreich Sigismond von Armstein, gran duque de Cassel-Felstein, y rey hereditario de Bohemia.
—Pero usted puede comprender—dijo nuestro extraño visitante, sentándose otra vez y pasándose la mano por la blanca y espaciosa frente,—usted puede darse cuenta de que no estoy acostumbrado a arreglar semejantes cosas en persona. Sin embargo, el asunto era tan delicado que no podía confiarlo a un agente sin ponerme en sus manos. He venido incógnito de Praga, con el objeto de consultar con usted.
—Entonces, sírvase usted consultar—dijo Holmes, cerrando los ojos una vez más.
—Los hechos son, en resumen, estos: hace unos cinco años, durante una larga visita que hice a Varsovia, tuve relaciones con la conocida aventurera Irene Adler. Este nombre es, sin duda, familiar para usted.
—Tenga usted la amabilidad de buscarla en mi indice, doctor—murmuró Holmes sin abrir los ojos.
Desde hacía años había adoptado el sistema de cortar de los diarios todos los párrafos concernientes a hombres y cosas, de modo que era difícil mencionar en su presencia a una persona ó a un asunto, que él no pudiera en el acto dar informaciones sobre el particular. La biografia de Irene Adler estaba allí, metida entre la de un rabí hebreo, y la de un comandante que había escrito una monografia sobre los peces de aguas profundas.
—Déjeme usted ver—dijo Holmes.—Jum! Nacida en Nueva Jersey en el año 1858. Contralto… jum! La Scala, tjum! Prima donna en la Opera Imperial de Varsovia… ¡Si! Retirada del teatro… ah! Vivió en Londres… eso es! Vuestra majestad, según entiendo, se enredó con esa joven persona, la escribió algunas cartas, y ahora desea que le devuelva esas cartas.
—Precisamente eso. Pero ¿cómo?…
—Ha habido matrimonio secreto?
—Ninguno.
—No hay papeles legalizados ni certificados?
—Ninguno.
—Entonces, no alcanzo a seguir las explicaciones de vuestra majestad. Si esa joven persona presenta sus cartas con propósitos de chantage ú otros, ¿cómo podrá probar su autenticidad?
—Mi letra está en esas cartas.
—¡Vaya, vaya! Falsificadas.
—Escritas en mi papel de cartas privadas.
—Robado.
—Mi sello personal.
—Imitado.
—Mi fotografía.
—Comprada.
—En la fotografía estamos juntos ella y yo.
—¡Oh, señor! Eso está malo. Vuestra majestad cometió en eso positivamente una indiscreción.
—Estaba loco… demente.
—Vuestra majestad se ha comprometido seriamente.
—Entonces no era más que príncipe heredero. Era joven: ahora apenas tengo treinta años.
—Hay que recuperar esas cartas.
—Lo hemos procurado, pero sin resultado.
—Vuestra majestad debe pagarlas. Hay que comprarlas.
—Ella no las vende.
—Robárselas entonces.
—Cinco tentativas hemos hecho. En dos ocasiones, bandoleros pagados por mi han saqueado la casa. Otra vez, estando ella en viaje, se le substrajo todo su equipaje. Dos veces se le han tendido celadas. Ningún resultado ha producido todo esto.
—¿Ningún indicio de las cartas?
—Absolutamente ninguno.
Holmes se rió.
—El problema es lindo—dijo.
—Pero muy serio para mi—replicó el rey en tono de reproche.
—Muy serio, en verdad. ¿Y qué se propone hacer con la fotografía?
—Conducirme a la ruina.
—Pero ¿cómo?
—Estoy en vísperas de casarme.
—Lo he oído decir.
—Con Clotilde Lothman de Sajonia—Meiningen, segunda hija del rey de Escandinavia. Usted debe conocer la estrictez de principios de la familia de mi novia, y ella, personalmente, es la esencia misma de la delicadeza. La sombra de una duda sobre mi conducta, pondría fin al asunto.
—¿E Irene Adler?
—Amenaza con enviarles la fotografía. Y lo hará: yo sé que lo hará. Usted no la conoce, tiene un alma de acero. Tiene la cara de la más bella de las mujeres, y el cerebro del más resuelto de los hombres. Para impedir que me case con otra mujer, no hay extremos a que no iría… no lo hay.
—¿Está usted seguro de que todavía no la ha enviado?
—Estoy seguro.
—¿Y por qué?
—Porque ha dicho que la enviará el día en que se proclamen públicamente los esponsales. Eso será el lunes próximo.
—¡Oh! Entonces, tenemos todavía tres días—dijo Holmes con un bostezo.—Es una gran fortuna, porque por ahora tengo dos ó tres asuntos a que atender. Vuestra majestad, por supuesto, permanecerá por ahora en Londres?
—Seguramente. En el hotel Langham me encontrará usted, con el nombre de conde von Kramm.
—Entonces, allá le dejaré una linea para hacerle saber lo que adelantamos.
—Se lo ruego. Voy a ser todo ansiedad.
—¿Y en cuanto a dinero?
—Tiene usted carte blanche.
—Absolutamente?
—Digo a usted que daría una de las provincias de mi reino por esa fotografía.
—Y para los gastos inmediatos?
El rey sacó de dentro de su saco una pesada bolsa de piel de zapa y la puso en la mesa.
—Aquí hay trescientas libras en oro y setecientas en billetes—dijo.
Holmes escribió un recibo en una hoja de su libro de apuntes y se lo entregó.
—¿Y la dirección de mademoiselle?
—Es Briony Lodge, Serpentine Avenue, Saint John's Wood.
Holmes anotó esos datos.
—Otra pregunta—dijo:—la fotografía era de tamaño «gabinete»?
—Si.
—Basta. Buenas noches, majestad. Confío en que pronto tendremos alguna buena noticia para usted. Y buenas noches, Watson—añadió cuando las ruedas del cupé real rodaron por la calle. —Si mañana a las tres de la tarde tiene usted la bondad de venir, me agradará charlar con usted de este asuntito.