Las cinco pepitas de naranja - 07
Nos quedamos en silencio algunos minutos; Holmes más contrariado y abatido de lo que nunca le había visto.
—Esto lastima mi orgullo, Watson—dijo por fin.—El sentimiento es mezquino, sin duda; pero… eso lastima mi dignidad. Ahora el asunto es personal conmigo, y, si Dios me da salud, llegaré a echar el guante a esa pandilla. ¡Qué haya venido a pedirme auxilio y yo lo haya enviado a la muerte!…
Se paró de un salto, y empezó a pasearse por el cuarto, con incontenible agitación, encendidas las descarnadas mejillas y las manos largas y delgadas abriéndose y cerrándose nerviosamente.
—Deben ser unos diablos muy astutos—exclamó al cabo de un rato.—¿Cómo han podido extraviarlo hacia ese lado? El malecón no está en el camino directo de la estación. En el puente, indudablemente, había demasiada gente, aun en semejante noche, para su propósito. Bueno, Watson: ya veremos quién gana a la larga. Ahora voy a salir.
—¿A la policía?
—No: yo seré mi policía. Cuando yo haya tendido mi tela, puede la policía coger las moscas, pero no antes.
Estuve durante el día entero ocupado en mi labor profesional, y cuando volví a la casa de la calle Baker, estaba ya avanzada la noche. Sherlock Holmes no había regresado aún. Eran cerca de las diez cuando entró, pálido y cansado. Se dirigió al aparador y arrancando del pan un pedazo, lo devoró con voracidad, después de lo cual bebió un largo trago de agua.
—Tiene usted hambre—le dije.
—Me moría de hambre. Me había olvidado de comer. Desde el desayuno no había probado nada.
—¿Nada?
—Ni un bocado. No he tenido tiempo de pensar en ello.
—¿Y qué tal le ha ido a usted?
—Bien.
—¿Ha hallado usted algún rastro?
—Los tengo en el hueco de mi mano. El joven Openshaw no estará mucho tiempo sin ser vengado. ¡Vaya, Watson! Los marcaremos con su propia marca. ¡La idea es buena!
—¿Qué quiere usted decir?
Holmes tomó del aparador una naranja, la partió en pedazos, é hizo caer las pepitas sobre la mesa. Cogió luego cinco de ellas y las puso en un sobre. En el interior del cierre escribió: S. H. para J. O.; pegó el sobre y le puso esta dirección:
«Capitán Jaime Calhoum, Barca Estrella Solitaria, Savannah, Georgia.»
Esto lo esperará cuando entre en el puerto.—dijo, sonriéndose, y es posible que le de una mala noche. Encontrará que esta carta es un precursor tan seguro de su muerte, como Openshaw lo vió en la suya.
—¿Y quién es ese capitán Calhoum?
—El jefe de la pandilla. A los otros también los empuñaré, pero a él primero.
—¿Cómo encontró usted su rastro?
Holmes sacó de su bolsillo un ancho pedazo de papel, todo cubierto de fechas y nombres.
—He pasado el día entero—dijo,—con los registros del Lloyd y colecciones de diarios, siguiendo la carrera de todos los buques que tocaron en Pondichery en enero y en febrero del 83. Durante esos dos meses, estuvieron allí treinta y seis buques de tonelaje mayor. De todos ellos, uno, el «Estrella Solitaria,» me llamó la atención en el acto, porque, no obstante hallarse registrado como salido de Londres, el nombre es el que se ha dado a uno de los estados de la Unión.
—A Tejas, creo.
—Yo no estaba ni estoy seguro de cuál, pero sí tenía la convicción de que ese buque tenía origen americano.
—¿Y después?
—Busqué en los registros de Dundee, y cuando encontré que la barca «Estrella Solitaria» había estado allí en enero del 85, mi sospecha se trocó en certidumbre. Entonces averigüe qué buques había actualmente en el puerto de Londres.
—¿Y?
—La «Estrella Solitaria» había llegado la semana pasada. Fui al muelle Alberto y supe que había sido remolcada río abajo con la marea de la mañana, despachada para Savannah. Telegrafié a Gravesend, y me contestaron que hacía largo rato que habia pasado; y como el viento sopla del este, no dudo de que ha pasado ya.
—¿Qué va usted a hacer, entonces?
—¡Oh! Ya tengo mi mano sobre él. He sabido que él y los dos pilotos son los únicos individuos del buque nacidos en los Estados Unidos: los otros son finlandeses y alemanes! También he sabido que los tres estuvieron anoche ausentes del buque; me lo dijo el estibador que ha estado cargando el barco. Cuando éste llegue a Savannah, el vapor correo habrá dejado allá la carta, y el cable habrá informado a la policía de Savannah de que a esos tres señores se les necesita aquí urgentemente para que contesten a una acusación de asesinato.
Sin embargo, en los planes humanos mejor trazados hay siempre alguna falla; y los asesinos de Juan Openshaw nunca debían recibir las cinco pepitas de naranja que les demostraría que otro, tan astuto y tan resuelto como ellos, les seguía el rastro. Muy largas y muy duras fueron las borrascas equinocciales de ese año. Durante largo tiempo esperamos noticias del «Estrella Solitaria,» de Savannah, pero no recibimos ninguna. Por fin, supimos que allá en un punto lejano del Atlántico había sido vista, meciéndose en la cresta de una ola, la tablilla de popa de un bote que tenia grabadas las letras E. S., y esto es todo lo que sabremos en nuestra vida de la suerte que cupo a la «Estrella Solitaria.»