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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, Los auxiliares de… – Text to read

Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, Los auxiliares de Baker Street - 04

Fortgeschritten 1 Spanisch lesson to practice reading

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Los auxiliares de Baker Street - 04

- ¿Va usted á acostarse, Holmes?

- No; no me siento cansado. Mi temperamento es muy curioso. Nunca me ha cansado el trabajo, y la ociosidad me causa una fatiga abrumadora. Ahora voy á fumar y á reflexionar. Lindo asunto el que nos ha proporcionado mi graciosa cliente. Si jamás tarea fácil estuvo en manos de un hombre, esa es la nuestra. Los hombres con pierna de palo no son tan comunes, pero me parece que el otro debe ser un personaje único.

- ¡Otra vez ese hombre!

- No pensaba de ningún modo hacer de esto un misterio para usted, y supongo que usted mismo se ha formado su opinión. Si no, examine usted bien estos datos: huellas de pies diminutos, dedos jamás apretados por el calzado, pies descalzos, una maza de piedra atada á un palo, gran agilidad, flechas envenenadas. ¿Qué deduce usted de todo esto?

- ¡Un salvaje! - exclamé. - Tal vez uno de los indios que Jonathan Small tenía como socios en el asunto del tesoro.

- Dificulto que sea uno de esos. En el primer momento que vi esas armas tan extrañas, me incliné á creerlo así; pero la peculiar forma de las huellas me hizo cambiar de opinión. Algunos habitantes de la Península Indica son de baja estatura, pero ninguno de ellos podía haber dejado esa clase de rastros. Los pies del verdadero hindú son largos y delgados, y el mahometano, siempre calzado con sandalias, tiene el dedo grueso del pie muy separado de los otros, porque el lazo de la sandalia pasa siempre entre este dedo y el segundo. Además, estas pequeñas flechas no pueden ser disparadas más que de un modo: con un cañuto. Se trata, pues, de un salvaje; pero ¿de dónde?

- De Sud América - aventuré.

Holmes estiró el brazo y tomó del estante un grueso volumen.

- Este es el primer tomo de una enciclopedia que empieza ahora á publicarse, y que se puede considerar como la última palabra. ¿Qué deseamos saber? Andaman… «Islas Andaman, situadas á 340 millas al norte de Sumatra, en la bahía de Bengala.» ¡Hum, hum! ¿Qué más? Clima húmedo, arrecifes de corral, tiburones, Puerto Blair, presidios, isla Rutlad, plantaciones de algodón… ¡Ah! ¡Aquí está! Los aborigenes de las islas Andaman podrían tal vez reivindicar para sí el honor de ser la raza más pequeña de la tierra, aunque algunos antropólogos lo adjudican á los Hombres de la Selva, del Africa Central, á ciertos indios de la América del Norte y á los de la Tierra del Fuego. Su estatura media no llega á cuatro pies, pero muchas veces sucede que un adulto en pleno desarrollo mide menos. Son gente feroz, traidora, indomable; pero cuando se logra conquistar la confianza de alguno de ellos, es capaz de la más abnegada amistad.

Fíjese usted en eso, Watson, y siga escuchando. «Su aspecto es repugnante: cabeza contrahecha, ojos pequeños y feroces, facciones muy irregulares. Sin embargo, los pies y las manos son notables por su pequeñez. Son tan indomables y feroces que todos los esfuerzos de los funcionarios británicos para ganarse su buena voluntad en algún sentido, han sido infructuosos. Desde tiempo atrás son el terror de los náufragos, á quienes atacan, destrozándoles la cabeza con sus mazas de piedra y mango de palo, ó lanzándoles flechas envenenadas. Esas matanzas terminan infaliblemente con una fiesta caníbal.» ¡Qué gente tan digna y amable, Watson! Si este sujeto hubiera estado entregado únicamente á sus propias inspiraciones, el asunto habría tenido un desenlace mucho más lúgubre. Apostaría á que no obstante ser lo que es, Jonathan Small habría dado algo por no utilizar sus servicios.

- Pero, ¿cómo ha podido tener un compañero tan singular?

- ¡Ah! Eso es más de lo que yo podría decir; pero no tiene nada de extraordinario que Jonathan Small esté aliado con un indígena de las islas Andaman, desde que hemos convenido en que él mismo viene de allá. No dudo de que todo lo descubriremos á su tiempo. Mire usted, Watson: su cara revela que está usted suficientemente cansado. Acuéstese en ese sofá, y veamos si puedo hacerlo dormir.

Tomó su violín, y mientras yo me tendía en el sofá, comenzó á tocar por lo bajo un aire melodioso y sentimental, sin duda de su propia inspiración, pues tenía especial facilidad para improvisar. Recuerdo vagamente la última visión de sus robustos miembros, de su franco rostro, y de su mano que bajaba y subía con lentitud. Después me sentí flotando apaciblemente en un mar de sonidos, hasta que me encontré en la tierra de los sueños, con la dulce mirada de la señorita Morstan fija en mis ojos.

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