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Sherlock Holmes - El Signo de los Cuatro, El fin del isleño - 01

El fin del isleño - 01

Nuestra comida fué muy alegre. Cuando Holmes quería hablar lo hacía admirablemente, y esa noche quiso hablar. Parecía hallarse en un estado de exaltación nerviosa, y yo no lo había visto nunca tan decidor. Trató numerosos temas, comedias y dramas, vasos medioevales, violines de Stradivarius, el budismo en Ceylan y los futuros buques de guerra, manejándolos todos como si cada uno de ellos hubiera hecho un estudio especial. En su excelente humor de esa noche se veía la reacción sobre la sombría depresión de los días anteriores.

Athelney Jones, por su parte, demostró ser hombre de sociedad en sus ratos de ocio, é hizo frente á la comida con toda la habilidad de un bon vivant. En cuanto á mí, me sentía dichoso al pensar que ya nos hallábamos cerca del final de nuestra empresa, y participé de la alegría de Holmes. Ninguno de los tres dijo durante la comida una palabra de la causa de que nos halláramos reunidos allí.

Cuando retiraron el mantel, Holmes miró su reloj y luego sirvió tres copas de Oporto.

- Un trago - dijo, - por el éxito de nuestra expedición. Y ahora ya es hora de que nos pongamos en camino. ¿Tiene usted un revólver, Watson?

- En mi escritorio tengo mi antiguo revólver de militar.

- Póngaselo usted en el bolsillo, pues más vale estar preparado. Veo que el carruaje está ya en la puerta. Lo pedí para la seis y media.

Eran poco más de la siete cuando llegamos, al muelle de Westminster, donde nos esperaba ya el vaporcito. Holmes lo examinó con cuidado.

- ¿Tiene alguna señal de que pertenece á la policía?

- Sí; el farol verde del costado.

- Hay que quitarlo.

Verificado el cambio de faroles, pasamos á bordo y las amarras cayeron. Jones, Holmes y yo nos sentamos en la popa. Había un hombre en la rueda del timón, otro que manejaba la máquina, y en la proa dos fornidos inspectores de policía.

- ¿En qué dirección? - preguntó Jones.

- Hacia la Torre. Dígales usted que pasen por enfrente del astillero de Jacobson.

Nuestra embarcación era evidentemente muy rápida. Dejamos atrás un gran número de barcas cargadas, con tanta velocidad que parecía que todas estuvieran paradas. Holmes se sonríó, satisfecho al ver que, casi con la misma facilidad, alcanzábamos y pasábamos un vapor.

- Parece que con éste podemos alcanzar á cualquier embarcación - dijo.

- No tanto; pero pocos son los vaporcitos de esta clase que nos podrán aventajar.

- Tenemos que cazar á La Aurora que goza fama de muy veloz. Voy á contarle á usted, Watson, en qué estado se hallan las cosas. ¿Recuerda usted cuando me fastidiaba el verme detenido por un obstáculo tan pequeño?

- Sí.

- Bueno. Comencé por dar completo descanso á mi mente, sumergiéndola en un análisis químico. Uno de nuestros más grandes estadistas ha dicho que el mejor descanso es un cambio de ocupación. Y así es. Cuando ya hube conseguido disolver el hidrocarbono, volví á pensar en el problema de los Sholtos, y recapacité sobre el asunto del principio al fin. Los muchachos habían recorrido el río de arriba abajo sin resultado. La lancha no estaba en muelle ni desembarcadero alguno, ni había vuelto á su punto de partida. No era creíble que la hubieran echado á pique para borrar su rastro; pero esa podía ser la última hipótesis, en el caso de que todas las demás fallaran. Yo sabía que Small tenía una cierta dosis de astucia, pero no lo creía capaz de nada parecido á la malicia fina. Esta es, generalmente, fruto de la educación. De esta reflexión deduje que, habiendo estado por algún tiempo en Londres - pues sabíamos que había vigilado continuamente á los de Pondicherry Lodge, - muy difícil sería que abandonara la ciudad de improviso: sin duda había necesitado algún tiempo, aunque no fuera más que un día, para arreglar sus cosas. Esa era, de todos modos, una probabilidad aceptable.

- A mí me habría parecido bastante débil - observé yo. - Más probable era que hubiese arreglado sus asuntos antes de emprender toda operación.

- No; yo no lo creo así. Su alojamiento debía ser un punto de retirada demasiado valioso para abandonarlo antes de estar seguro de que ya no lo necesitaba. Y, además, otra reflexión me hizo confirmarme en esa idea. Jonathan debía haberse dado cuenta de que la peculiar apariencia de su compañero, por más que lo hubiera disfrazado, daría lugar á habladurías y tal vez á que se le relacionara con la tragedia de Norwood. Para eso sí tiene la suficiente malicia. Cuando salieron de su guarida era de noche, y es claro que deseaban regresar á ella antes de que amaneciera. Pues bien; según la señora Smith, cuando se embarcaron en la lancha eran más de las tres. Ya debía estar la mañana bastante clara, y la gente comenzaría á circular dentro de una hora ó algo así. Por consiguiente me dije, - no deben haberse alejado mucho. A Smith le han pagado bien para que contenga su lengua, se han reservado la lancha para el escape final, y luego han corrido á encerrarse en su casa con el cofre del tesoro. Allí esperarán un par de días, hasta ver lo que dicen los diarios y si se sospecha de ellos, y después se dirigirán, de noche, á Gravesend ú otro puerto de donde salgan vapores para el exterior, pues no cabe duda de que su plan es irse á América ó á las Colonias.

- Pero, ¿y la lancha? No podían habérsela llevado á su alojamiento.

- Así es, y mi opinión fué que la lancha no debía estar muy lejos, por más que no hubiera sido posible encontrarla. Entonces híceme la cuenta de que yo era Small, y me puse á pensar sobre el asunto como lo habría hecho un hombre de sus alcances. Probablemente se habría dicho que con devolver la lancha ó ponerla en otro muelle facilitaría la persecución si la policía hallaba el rastro. ¿Cómo ocultar, pues, la lancha, y al mismo tiempo tenerla á la mano para el momento en que le fuera necesaria? Reflexioné sobre el asunto como si me hubiera llamado Small, y no encontré más que una salida: llevar la lancha á algún establecimiento de construcción ó reparación de barcos, y encargar que se le hiciera algún pequeño cambio. Colocada entonces dentro del astillero, quedaba la embarcación oculta á las miradas de afuera y estaba siempre á mi disposición.

- La cosa era bastante sencilla.

- Las cosas más sencillas son las que uno toma en cuenta. Me propuse, pues, proceder conforme á mi idea, y en el acto me puse en marcha, vestido con este inofensivo traje de marinero. Fuí preguntando en todos los astilleros de río abajo, y pasé por quince de ellos sin resultado satisfactorio; pero, por fin, en el décimo-sexto, el de Jacobson, me dijeron que La Aurora había sido llevada allí dos días antes por un hombre que tenía una pierna de madera, el cual había pedido compusieran el timón. «El timón no tenía nada - me dijo el capataz, - y allí está la lancha, esa de fajas rojas.» Y en ese momento, ¿quién creen ustedes que llegó sino Mordecai Smith, el desaparecido dueño de la embarcación? Estaba enteramente borracho. Yo no lo habría conocido, por supuesto, si él no hubiera dicho su nombre y el de la lancha. «La necesito para esta noche á las ocho – dijo, - á las ocho en punto, fíjese usted, pues tengo que llevar á dos señores que no pueden esperar.» Se veía que le habían pagado bien, pues tenía mucho dinero; regalaba centavos á la gente del astillero. Cuando salió lo seguí durante un rato, pero al ver que se metía en una taberna, regresé al astillero, y habiendo encontrado en el camino á uno de los muchachos de Wiggins, lo puse de guardia á vigilar la lancha. La orden es que cuando ésta salga, se pare en la plaza y agite su pañuelo. Nosotros esperaremos río abajo, y ahora sería muy raro que no pudiéramos coger á los hombres y al tesoro.

- Sean ó no esos hombres los verdaderos criminales - dijo Jones, - la manera como usted ha preparado su plan es excelente. Pero si el asunto hubiera estado en mis manos, yo habría puesto un piquete de policía en el astillero de Jacobson para que los arrestara.

- Y eso no habría sucedido nunca. El tal Small es sujeto bastante astuto, y con seguridad mandará por delante un espía; de modo que, si éste le comunicara algo sospechoso, se nos eclipsaría lo menos por una semana más.

- Pero usted podía haber empuñado á Mordecai Smith y obligado á que le enseñara el escondrijo de los otros - le observé yo.

- Con eso no habría hecho más que perder mi día. Hay cien probabilidades contra una, de que Smith ignora su paradero. Mientras le den licor y dinero ¿por qué va á molestarlos con sus preguntas? Cuando necesitan de él le envían un recado, y nada más. No; yo reflexioné sobre todos los partidos posibles, y éste me parecía el mejor.

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