7. Sombras y árboles altos (3)
Y así permanecieron: el hermético Roger continuaba con su balanceo y sus golpecitos;
Ralph alimentaba su indignación. Les rodeaba un cielo cargado de estrellas, salvo en aquel lugar donde la montaña perforaba un orificio de oscuridad. Oyeron el ruido de algo que se movía por encima de ellos, en lo alto; era el ruido de alguien que se acercaba a gigantescos y arriesgados pasos sobre roca o ceniza. Llegó Jack. Temblaba y tartamudeaba, con una voz que apenas reconocieron como la suya.
–Ví una cosa en la cumbre.
Le oyeron tropezar con el tronco, que se meció violentamente. Permaneció callado un momento, luego balbuceó:
–Estad bien atentos, porque puede haberme seguido. Una lluvia de ceniza cayó en torno a ellos. Jack se incorporó.
–Vi algo que se hinchaba, en la montaña.
–Te lo imaginarías – dijo Ralph con voz trémula -, porque no hay nada que se hinche.
No hay seres así.
Habló Roger y ambos se sobresaltaron porque se habían olvidado de él.
–Las ranas.
Jack rió tontamente y se estremeció.
–Menuda rana. Y, además, oí un ruido. Algo que hacía ¡paf! Y entonces se infló la cosa esa.
Ralph se sorprendió a sí mismo, no tanto por la calidad de su voz, que no temblaba, sino por la bravata que llevaba su invitación:
–Vamos a echar un vistazo.
Ralph, por primera vez desde que conocía a Jack, le vio dudar: – ¿Ahora…?
Su voz habló por él.
–Pues claro.
Se levantó y comenzó a andar sobre las crujientes cenizas hacia la sombría altura, seguido por los otros dos.
Ante el silencio de su voz física, la voz íntima de la razón y otras voces se hicieron escuchar. Piggy le llamó crío. Otra voz le decía que no fuese loco; y la oscuridad y la arriesgada empresa daban a la noche el carácter irreal que adquieren las cosas desde el sillón del dentista.
Al llegar a la última cuesta, Jack y Roger se acercaron y dejaron de ser dos manchas de tinta para convertirse en figuras discernibles. Se detuvieron por común acuerdo y se apretaron uno junto al otro. Tras ellos, en el horizonte, destacaba un trozo de cielo más claro, donde surgiría la luna de un momento a otro. Rugió el viento en el bosque y los harapos se pegaron a sus cuerpos.
Ralph urgió:
–Vamos.
Avanzaron sigilosamente, Roger algo rezagado. Jack y Ralph cruzaron juntos la cumbre de la montaña. La extensión centelleante de la laguna yacía bajo ellos y más lejos se veía una larga mancha blanca, que era el arrecife. Roger se unió a ellos.
Jack murmuró:
–Vamos a acercarnos a gatas; a lo mejor está durmiendo.
Roger y Ralph avanzaron, mientras Jack se quedaba esa vez atrás, a pesar de sus valientes palabras. Llegaron a la cumbre roma, donde las manos y las rodillas sentían la dureza de la roca.
Una criatura que se inflaba.
Ralph metió la mano en la fría y suave ceniza de la hoguera y sofocó un grito. Le temblaban la mano y el hombro por aquel inesperado contacto. Unas lucecillas verdes de náuseas aparecieron por un momento y horadaron la oscuridad. Roger estaba detrás de él y Jack tenía la boca pegada a su oreja.
–Allí, entre las rocas, donde antes había un hueco. Una especie de bulto… ¿lo ves?
La hoguera apagada sopló ceniza a la cara de Ralph. No podía ver ni el hueco ni nada, porque las lucecillas verdes volvían a abrirse y extenderse y la cima de la montaña se iba inclinando hacia un lado. Una vez más volvió a oír el murmullo de Jack, desde muy lejos. – ¿Miedo?
No se sentía asustado, sino más bien paralizado; colgado, sin poder moverse, en la cima de una montaña que empequeñecía y oscilaba. Jack se escurrió a un lado; Roger tropezó, se orientó a tientas, mientras sus respiración silbaba, y siguió adelante. Les oyó decirse en voz baja: – ¿Ves algo?
–Ahí…
Delante de ellos, sólo a unos tres metros de distancia, vieron un bulto que parecía una roca, pero en un lugar donde no debía haber roca alguna. Ralph oyó un ligero rechinar que procedía de alguna parte, quizá de su propia boca. Se armó de determinación, fundió su temor y repulsión en odio y se levantó. Avanzó dos pasos con torpes pies.
Detrás de ellos, la cinta de luna se había ya levantado del horizonte; ante ellos, algo que se asemejaba a un simio enorme dormitaba sentado, la cabeza entre las rodillas. En aquel momento se levantó viento en el bosque, hubo un revuelo en la oscuridad y aquel ser levantó la cabeza, mostrándoles la ruina de un rostro.
Ralph se encontró atravesando con gigantescas zancadas el suelo de ceniza; oyó los gritos de otros seres y sus brincos y afrontó lo imposible en la oscura pendiente.
Segundos después, la montaña quedaba desierta, salvo los tres palos abandonados y aquella cosa que se inclinaba en una reverencia.