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El señor de las moscas William Goulding (Lord of the Flies)… – Text to read

El señor de las moscas William Goulding (Lord of the Flies), 7. Sombras y árboles altos (2)

Mittelstufe 2 Spanisch lesson to practice reading

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7. Sombras y árboles altos (2)

A la vez, Robert gritaba y luchaba con la fuerza que produce la desesperación. Jack le tenía agarrado por el pelo y blandía su cuchillo. Detrás de él, luchando por acercarse, estaba Roger. El canto surgió como un ritual, como si fuese el instante final de una danza o una cacería. – ¡Mata al jabalí! ¡Córtale el cuello! ¡Mata al jabalí! ¡Pártele el cráneo!

También Ralph luchaba por acercarse, para conseguir un trozo de aquella carne bronceada, vulnerable. El deseo de agredir y hacer daño era irresistible.

El brazo de Jack descendió; el delirante grupo aplaudió y lanzó gruñidos que imitaban los de un jabalí moribundo. Se calmaron entonces, jadeantes y escuchando el asustado lloriqueo de Robert, que se limpió la cara con un brazo sucio y se esforzó por recobrar su dignidad. – ¡Ay, mi trasero!

Se frotó dolorido. Jack se volvió:

–Fue un juego divertido.

–Era sólo un juego – dijo Ralph, incómodo -. Menudo daño me hicieron una vez jugando al rugby.

–Deberíamos tener un tambor – dijo Maurice -, así podríamos hacerlo como es debido.

Ralph lo miró. – ¿Y cómo es eso?

–No sé… Se necesita un fuego, creo, y un tambor, y vas guardando el compás con el tambor.

–Lo que se necesita es un cerdo – dijo Roger -, como en las cacerías de verdad.

–O alguien que haga de cerdo – dijo Ralph -. Alguien se podría disfrazar de cerdo y luego representar…, ya sabes, fingir que me tiraba al suelo y todo lo demás…

–Lo que se necesita es un cerdo de verdad – dijo Robert, que se frotaba aún atrás -, porque tenéis que matarle.

–Podemos usar a uno de los peques – dijo Jack, y todos rieron.

Ralph se incorporó.

–Bueno, a este paso no vamos a encontrar lo que buscamos.

Uno a uno se levantaron, arreglándose los harapos. Ralph miró a Jack.

–Ahora, a la montaña. – ¿No deberíamos volver con Piggy – dijo Maurice – antes de que anochezca?

Los mellizos asintieron como si fuesen un solo muchacho.

–Sí eso. Podemos subir por la mañana. Ralph miró a lo lejos y vio el mar.

–Tenemos que prender la hoguera otra vez.

–No tenemos las gafas de Piggy – dijo Jack -, así que no se puede.

–Pues entonces veremos si en la montaña hay algo. Maurice, indeciso, no queriendo parecer un gallina, dijo: – ¿Y si está la fiera? Jack blandió su lanza.

–La matamos.

El sol parecía algo más fresco. Jack cortó el aire con la lanza. – ¿A qué esperamos?

–Supongo – dijo Ralph – que si seguimos por aquí, junto al mar, llegaremos al pie del terreno quemado y desde allí podemos trepar a la montaña.

Una vez más les guió Jack a lo largo del aquel mar que absorbía y expelía sus aguas cegadoras. Una vez más soñó Ralph, dejando que sus hábiles pies se ocupasen de las irregularidades del camino. Sin embargo, sus pies parecían aquí menos hábiles que antes. La mayor parte del camino lo tuvieron que recorrer pegados a la desnuda roca, junto al agua, y se vieron obligados a avanzar de lado entre aquélla y la oscura exuberancia del bosque. Tenían que escalar pequeños acantilados, algunos de los cuales habían de servir como senderos, largos pasajes en los que se usaban tanto las manos como los pies. Pisaban rocas recién mojadas por las olas, para saltar sobre los transparentes charcos formados por la marea. Llegaron a una hondonada que, como una trinchera, partía la estrecha banda de playa. Parecía no tener fondo; con asombro, observaron la oscura hendidura, donde borboteaba el agua. En ese momento regresó la ola, la hondonada hirvió ante sus ojos y saltó espuma hasta las mismas trepadoras, dejando a los muchachos empapados y gritando. Trataron de continuar por el bosque, pero era demasiado espeso y las plantas se entretejían como un nido de pájaros. Al fin tuvieron que decidirse a ir saltando uno a uno, esperando hasta que descendía el agua; y aún así, algunos recibieron un segundo remojón. A partir de allí las rocas se hacían cada vez más intransitables, así que se sentaron durante un rato, mientras se secaban sus harapos, contemplando los perfiles recortados de las olas profundas, que con tanta lentitud pasaban a lo largo de la isla. Encontraron fruta en un refugio de brillantes pajarillos que revoloteaban a la manera de los insectos. Ralph dijo entonces que iban demasiado despacio. Se subió él mismo a un árbol, entreabrió el dosel de la copa y vio la cuadrada cumbre de la montaña, que aún parecía muy lejana. Trataron de apresurarse siguiendo sobre las rocas, pero Robert se hizo un mal corte en la rodilla y tuvieron que admitir que aquel sendero habría de tomarse con tranquilidad si querían permanecer indemnes. Desde aquel punto continuaron como si estuviesen escalando una peligrosa montaña hasta que las rocas se transformaron en un verdadero acantilado, cubierto de una jungla impenetrable y cortado a tajo sobre el mar.

Ralph examinó el sol con atención.

–El final de la tarde. Ha pasado la hora del té, eso seguro.

–No recuerdo este acantilado – dijo Jack cabizbajo -; debe ser el trozo de costa que no he recorrido.

Ralph asintió.

–Déjame pensar.

Ya no sentía vergüenza alguna por pensar en público, y podía estudiar las decisiones del día como si se tratase de una partida de ajedrez. Lo malo era que jamás sería un buen jugador de ajedrez. Pensó en los peques y en Piggy. Veía a Piggy completamente solo, acurrucado en un refugio donde todo era silencio, excepto los gritos de las pesadillas.

–No podemos dejar solos a Piggy y a los peques toda la noche.

Los otros muchachos no dijeron nada; todos, sin embargo, se quedaron mirándole.

–Pero tardaríamos horas en volver.

Jack tosió y habló con un tono extraño, seco.

–Hay que cuidar a Piggy, ¿verdad? Ralph se tecleó en los dientes con la sucia punta de la lanza de Eric.

–Si atravesamos… Miró a su alrededor.

–Alguien tiene que atravesar la isla y decirle a Piggy que llegaremos después de que anochezca. Bill, asombrado, dijo: – ¿A solas por el bosque? ¿Ahora?

–Sólo podemos prescindir de uno.

Simón se abrió camino hasta llegar junto a Ralph:

–Puedo ir yo, si quieres. No me importa, de verdad.

Antes de que Ralph tuviese tiempo de contestar, sonrió rápidamente, dio la vuelta y ascendió en dirección al bosque.

Ralph volvió los ojos a Jack, viéndole, con exasperación, por primera vez:

–Jack… aquella vez que hiciste todo el camino hasta la roca del castillo…

Jack le miró hoscamente. – ¿Sí?

–Seguiste un trozo de esta orilla… bajo la montaña, hasta más allá.

–Sí. – ¿Y luego?

–Encontré una trocha de jabalíes. Es larguísima. Ralph asintió con la cabeza. Señaló hacia el bosque:

–Entonces la trocha debe estar ahí cerca. Todo el mundo asintió, sabiamente.

–Bueno, pues nos iremos abriendo camino hasta que demos con la trocha.

Dio un paso y se detuvo: – ¡Pero espera un momento! ¿Hacia dónde va esa trocha?

–A la montaña – dijo Jack -, ya te lo he dicho – Rió con sorna -: ¿No quieres ir a la montaña?

Ralph suspiró; advertía que aumentaba el antagonismo tan pronto como Jack abandonaba el mando.

–Pensaba en la falta de luz. Vamos a tener que andar a tropezones. – - Habíamos quedado en ir a buscar la fiera…

–No habrá bastante luz.

–A mí no me importa seguir – dijo Jack acalorado -. Cuando lleguemos allí la buscaré. ¿Y tú? ¿Prefieres volver a los refugios para hablar con Piggy?

Ahora le tocaba a Ralph enrojecer, pero habló en tono desalentado, con la nueva lucidez que Piggy le había dado. – ¿Por qué me odias?

Los muchachos se agitaron incómodos, como si se hubiese pronunciado una palabra indecente. El silencio se alargó.

Ralph, excitado y dolorido aún, fue el primero en emprender el camino.

–Vamos.

Se puso a la cabeza y decidió que sería él mismo quien, por derecho propio, abriría paso entre las trepadoras. Jack, desplazado y de mal talante, cerraba la marcha.

La trocha de jabalíes era un túnel oscuro, pues el sol se iba deslizando rápidamente hacia el borde del mundo y en el bosque siempre acechaban las sombras. Era un sendero ancho y trillado, y pudieron correr por él a un trote ligero. Al poco rato se abrió el techo de hojas y todos se detuvieron, con la respiración entrecortada, a contemplar las pocas estrellas que despuntaban a un lado de la cima de la montaña.

–Ahí está.

Los muchachos se miraron vacilantes. Ralph tomó una decisión:

–Iremos derechos a la plataforma y ya subiremos mañana.

Murmuraron en asentimiento; pero Jack estaba junto a él, casi rozándole el hombro.

–Claro, si tienes miedo… Ralph se enfrentó con él. – ¿Quién fue el primero que llegó hasta la roca del castillo?

–Yo también fui. Y, además, era de día.

–Muy bien, ¿quién quiere subir a la montaña ahora? La única respuesta fue el silencio.

–Samyeric, ¿vosotros qué pensáis?

–Deberíamos ir a decírselo a Piggy… -…sí, a decirle a Piggy que… – ¡Pero si ya fue Simón!

–Deberíamos decírselo a Piggy… por si acaso… – ¿Robert? ¿Bill?

Todos se dirigían ya a la plataforma. Claro que no era por miedo, sino por cansancio.

Ralph se volvió de nuevo a Jack. – ¿Lo ves?

–Yo voy a subir a la montaña.

Las palabras salieron de Jack envenenadas, como una maldición. Miró a Ralph, su cuerpo delgado tenso, la lanza agarrada como amenazándole.

–Voy a subir a la montaña para buscar a la fiera… ahora mismo.

Después, la puya suprema, la palabra sencilla y retadora: – ¿Vienes?

Al oír aquella palabra, los otros muchachos olvidaron sus ansias de alejarse y regresaron a saborear un nuevo roce de dos temperamentos en la oscuridad. La palabra era demasiado acertada, demasiado cortante, demasiado retadora para pronunciarse de nuevo. Le cogió a Ralph de sorpresa, cuando sus nervios se habían calmado ante la perspectiva de regresar al refugio y a las aguas tranquilas y familiares de la laguna.

–Como quieras.

Asombrado, escuchó su propia voz, que salía tranquila y natural, de modo que el duro reto de Jack cayó deshecho.

–Si de verdad no te importa, claro.

–Claro que si tienes miedo… Ralph se enfrentó con él.

–Pues entonces…

Uno junto al otro, bajo las miradas de los silenciosos muchachos, emprendieron la marcha hacia la montaña.

–Qué tontería. ¿Cómo vamos a ir los dos solos? Si encontramos algo, necesitaremos ayuda…

Les llegó el rumor de los muchachos que escapaban corriendo. Con asombro, vieron una figura oscura moverse de espaldas a la marea. – ¿Roger?

–Sí.

–Entonces, ya somos tres.

De nuevo comenzaron a escalar la falda de la montaña. La oscuridad parecía fluir en torno suyo como si fuese la propia marea. Jack, que había permanecido callado, empezó a atragantarse y toser; una ráfaga de aire les hizo escupir a los tres. Las lágrimas cegaban a Ralph.

–Es ceniza. Estamos al borde del terreno quemado.

Sus pasos, y en ocasiones la brisa, iban levantando remolinos de polvo. Al parar de nuevo, Ralph tuvo tiempo de pensar, mientras tosía, en la tontería que estaban cometiendo. Si no había ninguna fiera – y casi seguro que no la habría -, en ese caso, bien estaba; pero si había algo esperándoles en la cima de la montaña…, ¿qué iban a hacer ellos tres, impedidos por la oscuridad y llevando consigo sólo unos palos?

–Somos unos locos.

De la oscuridad llegó la respuesta: – ¿Miedo?

Ralph se irguió lleno de irritación. La culpa de todo la tenía Jack.

–Pues claro, pero de todos modos somos unos locos.

–Si no quieres seguir – dijo la voz con sarcasmo -, subiré yo solo.

Ralph oyó aquella burla y sintió odio hacia Jack. El escozor de la ceniza en sus ojos, el cansancio y el temor le enfurecieron. – ¡Pues sube! Te esperamos aquí. Hubo un silencio. – ¿Por qué no subes? ¿Tienes miedo? Una mancha en la oscuridad, una mancha que era Jack, se destacó y empezó a alejarse.

–Bien, hasta luego.

La mancha se desvaneció. Otra vino a tomar su lugar.

Ralph sintió que su rodilla tocaba una cosa dura: sus piernas mecieron un tronco carbonizado, áspero al tacto. Sintió las calcinadas rugosidades – que habían sido cortezas – rozarle detrás de las rodillas y supo así que Roger se había sentado. Buscó a tientas y se acomodó junto a Roger, mientras el tronco se mecía entre cenizas invisibles. Roger, poco hablador por naturaleza, permaneció callado. No expresó lo que pensaba de la fiera ni le dijo a Ralph por qué se había decidido a acompañarles en aquella insensata expedición. Se limitaba a permanecer allí sentado, meciendo el tronco suavemente. Ralph escuchó unos golpecillos rápidos y enervantes y comprendió que Roger estaba golpeando algo con su estúpido palo de madera.

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