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El señor de las moscas William Goulding (Lord of the Flies)… – Text to read

El señor de las moscas William Goulding (Lord of the Flies), 5. El monstruo del mar (1)

Mittelstufe 2 Spanisch lesson to practice reading

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5. El monstruo del mar (1)

La marea subía y sólo quedaba una estrecha faja de playa firme entre el agua y el área blanca y pedregosa que bordeaba la terraza de palmeras. Ralph escogió la playa firme como camino porque necesitaba pensar, y aquél era el único lugar donde sus pies podían moverse libremente sin tener él que vigilarlos. De súbito, al pasar junto al agua, se sintió sobrecogido. Advirtió que al fin se explicaba por qué era tan desalentadora aquella vida, en la que cada camino resultaba una improvisación y había que gastar la mayor parte del tiempo en vigilar cada paso que uno daba. Se detuvo frente a la faja de playa, y, al recordar el entusiasmo de la primera exploración, que ahora parecía pertenecer a una niñez más risueña, sonrió con ironía. Dio media vuelta y caminó hacia la plataforma con el sol en el rostro. Había llegado la hora de la asamblea y mientras se adentraba en las cegadoras maravillas de la luz del sol, repasó detalladamente cada punto de su discurso.

No había lugar para equívocos de ninguna clase ni para escapadas tras imaginarias…

Se perdió en un laberinto de pensamientos que resultaban oscuros por no acertar a expresarlos con palabras. Molesto, lo intentó de nuevo.

Esa reunión debía ser cosa seria, nada de juegos.

Decidido, caminó más deprisa, captando a la vez lo urgente del asunto, el ocaso del sol y la ligera brisa que su precipitado paso levantaba en torno suyo. Aquel vientecillo le apretaba la camisa gris contra el pecho y le hizo advertir – gracias a aquella nueva lucidez de su mente – la desagradable rigidez de los pliegues, tiesos como el cartón. También se fijó en los bordes raídos de los pantalones, cuyo roce estaba formando una zona rosa y molesta en sus muslos. Con una convulsión de la mente, Ralph halló suciedad y podredumbre por doquier; comprendió lo mucho que le desagradaba tener que apartarse continuamente de los ojos los cabellos enmarañados y descansar, cuando por fin el sol desaparecía, envuelto en hojas secas y ruidosas. Pensando en todo aquello, echó a correr.

La playa, junto a la poza, aparecía salpicada de grupos de muchachos que aguardaban el comienzo de la reunión. Le abrieron paso en silencio, conscientes todos ellos de su malhumor y de la torpeza cometida con la hoguera.

El lugar de la asamblea donde él estaba añora tenía más o menos la forma de un triángulo, pero irregular y tosco como todo lo que hacían en la isla. Estaba en primer lugar el tronco sobre el cual él se sentaba: un árbol muerto que debía de haber tenido un tamaño extraordinario para aquella plataforma. Quizá llegase hasta allí arrastrado por una de esas legendarias tormentas del Pacífico. Aquel tronco de palmera yacía paralelo a la playa, de manera que al sentarse Ralph se encontraba de cara a la isla, pero los muchachos le veían como una oscura figura contra el resplandor de la laguna. Los dos lados del triángulo, cuya base era aquel tronco, se recortaban de modo menos preciso. A la derecha había un tronco, pulido en su cara superior por haber servido ya mucho de inquieto asiento, más pequeño que el del jefe y menos cómodo. A la izquierda se hallaban cuatro troncos pequeños, el más alejado de los cuales parecía tener un molesto resorte.

Innumerables asambleas se habían visto interrumpidas por las risas cuando, al inclinarse alguien demasiado hacia atrás, el tronco había sacudido a media docena de muchachos lanzándolos a la hierba. Sin embargo, según podía reflexionar ahora, no se le había ocurrido aún a nadie – ni a él mismo, ni a Jack, ni a Piggy – traer una piedra y calzarlo.

Seguirían así, aguantando el caprichoso balanceo de aquel columpio, porque, porque…

De nuevo se vio perdido en aguas profundas.

La hierba estaba agostada junto a cada tronco, pero crecía alta y virgen en el centro del triángulo. En el vértice, la hierba recobraba su espesor, pues nadie se sentaba allí.

Alrededor del área de la asamblea se alzaban los troncos grises, derechos o inclinados, sosteniendo el bajo techo de hojas. A ambos lados se hallaba la playa; detrás, la laguna; enfrente, la oscuridad de la isla.

Ralph se dirigió al asiento del jefe. Nunca habían tenido una asamblea a hora tan tardía. Por eso tenía el lugar un aspecto tan distinto. El verde techo solía estar alumbrado desde abajo por una red de dorados reflejos y sus rostros se encendían al revés, como cuando se sostiene una linterna eléctrica en las manos, pensó Ralph. Pero ahora el sol caía de costado y las sombras estaban donde debían estar.

Se entregó una vez más a aquel nuevo estado especulativo, tan ajeno a él. Si los rostros cambiaban de aspecto, según les diese la luz desde arriba o desde abajo, ¿qué era en realidad un rostro? ¿Qué eran las cosas?

Ralph se movió impaciente. Lo malo de ser jefe era que había que pensar, había que ser prudente. Y las ocasiones se esfumaban tan rápidamente que era necesario aferrarse en seguida a una decisión. Eso le hacía a uno pensar; porque pensar era algo valioso que lograba resultados…

Sólo que no sé pensar, decidió Ralph al encontrarse junto al asiento del jefe. No como lo hace Piggy.

Por segunda vez en aquella noche tuvo Ralph que reajustar sus valores. Piggy sabía pensar. Podía proceder paso a paso dentro de aquella cabezota suya, pero no servía para jefe. Sin embargo, tenía un buen cerebro a pesar de aquel ridículo cuerpo. Ralph se había convertido ya en un especialista del pensamiento y era capaz de reconocer inteligencia en otro.

Al sentir el sol en los ojos, recordó que el tiempo pasaba. Cogió del árbol la caracola y examinó su superficie. La acción del aire había borrado sus amarillos y rosas hasta volverles casi blancos y transparentes. Ralph sentía una especie de afectuoso respeto hacia la caracola, aunque fuese él mismo quien la pescó en la laguna. Se colocó frente a la asamblea y llevó la caracola a sus labios.

Los demás aguardaban aquella señal y en seguida se acercaron. Los que sabían que un barco había pasado junto a la isla cuando la hoguera se encontraba apagada, permanecían en sumiso silencio ante el enfado de Ralph, mientras que los que nada sabían, como era el caso de los pequeños, se sentían impresionados por el ambiente general de solemnidad. Pronto se llenó el lugar de la asamblea. Jack, Simon, Maurice y la mayoría de los cazadores se colocaron a la derecha de Ralph; los demás a su izquierda, bajo el sol. Llegó Piggy y se quedó fuera del triángulo. Con eso quería indicar que estaba dispuesto a escuchar, pero no a hablar, dando a conocer, con tal gesto, su desaprobación.

–La cosa es que necesitábamos una asamblea.

Nadie habló, pero todos los rostros, vueltos hacia Ralph, miraban atentamente. Ondeó la caracola en el aire. Para entonces sabía ya por experiencia que había que repetir, al menos una vez, declaraciones fundamentales como aquélla, para que todos acabaran por comprender. Debía uno sentarse, atrayendo todas las miradas hacia la caracola, y dejar caer las palabras como si fuesen pesadas piedras redondas en medio de los pequeños grupos agachados o en cuclillas.

Buscaba palabras sencillas para que incluso los pequeños comprendiesen de qué trataba la asamblea. Quizá después, polemistas entrenados, como Jack, Maurice o Piggy, usasen sus artes para dar un giro distinto a la reunión; pero ahora, al principio, el tema del debate debía quedar bien claro.

–Necesitábamos una asamblea. Y no para divertirnos. Tampoco para echarse a reír y que alguien se caiga del tronco – el grupo de pequeños sentados en el trampolín lanzó unas risitas y se miraron unos a otros -, ni para hacer chistes, ni para que alguien – alzó la caracola en un esfuerzo por encontrar la palabra precisa – presuma de listo. Para nada de eso, sino para poner las cosas en orden.

Calló durante un momento.

–He estado andando por ahí. Me quedé solo para pensar en nuestros problemas. Y ahora sé lo que necesitamos: una asamblea para poner las cosas en orden. Y lo primero de todo: el que va a hablar ahora soy yo.

Volvió a guardar silencio por un momento y se echó el pelo hacia atrás instintivamente.

Piggy, una vez formulada su ineficaz protesta, se acercó de puntillas hasta el triángulo y se unió a los demás.

Ralph continuó:

–Hemos tenido muchísimas asambleas. A todos nos divierte hablar y estar aquí juntos.

Decidimos cosas, pero nunca se hacen, íbamos a traer agua del arroyo y a guardarla en los cocos cubiertos con hojas frescas. Se hizo unos cuantos días. Ahora ya no hay agua.

Los cocos están vacíos. Todo el mundo va a beber al río.

Hubo un murmullo de asentimiento.

–No es que haya nada malo en beber del río. Quiero decir que yo también prefiero beber agua en ese sitio, ya sabéis, en la poza bajo la catarata de agua, en vez de hacerlo en una cáscara de coco vieja. Sólo que habíamos quedado en traer el agua aquí. Y ahora ya no se hace. Esta tarde sólo quedaban dos cocos llenos.

Se pasó la lengua por los labios.

–Y luego, las cabañas. Los refugios.

El murmullo volvió a extenderse y apagarse.

–Casi todos dormimos siempre en los refugios. Esta noche todos vais a dormir allí menos Sam y Eric, que tienen que quedarse junto a la hoguera. ¿Y quién construyó los refugios?

Inmediatamente surgió un gran bullicio. Todos habían construido los refugios. Ralph tuvo que agitar la caracola de nuevo. – ¡Un momento! Quiero decir, ¿quién construyó los tres? Todos ayudamos al primero; sólo cuatro hicimos el segundo, y yo y Simón hemos hecho ese último de ahí. Por eso se tambalea tanto. No, no os riáis. Ese refugio se va a caer si vuelve a llover. Entonces sí que vamos a necesitar los refugios.

Hizo una pausa y se aclaró la garganta.

–Y otra cosa. Escogimos esas piedras al otro lado de la poza para retrete. Eso también fue una cosa sensata. Con la marea se limpian solas. Vosotros los peques sabéis muy bien lo que quiero decir.

Se oyeron risitas aquí y allá; se vieron furtivas miradas.

–Ahora cada uno usa el primer sitio que encuentra. Incluso al lado de los refugios y la plataforma. Vosotros los peques, cuando estáis cogiendo fruta, si de repente os entran ganas…

La asamblea entera estalló en carcajadas.

–Decía que si de repente os entran ganas, por lo menos tenéis que apartaros de la fruta. Eso es una porquería.

Volvió a estallar la risa. – ¡He dicho que eso es una porquería! Se pellizcó la tiesa camisa.

–Es una verdadera porquería. Si os entran de pronto las ganas os vais por la playa hasta las rocas, ¿entendido?

Piggy alargó la mano hacia la caracola, pero Ralph negó con la cabeza. Había preparado su discurso punto por punto.

–Tenemos que volver a usar las rocas. Todos. Este sitio se está poniendo perdido.

Hizo una pausa. La asamblea, presintiendo una crisis, aguardaba atentamente.

–Y luego, lo de la hoguera.

Ralph, al respirar, emitió un suspiro que toda la asamblea recogió como si fuese su eco. Jack se dedicó a pelar una astilla con su cuchillo y murmuró algo a Robert, que miró hacia otro lado.

–La hoguera es la cosa más importante en esta isla. ¿Cómo nos van a rescatar, a no ser por pura suerte, si no tenemos un fuego encendido? ¿Tan difícil es mantener una hoguera?

Alzó un brazo al aire. – ¡Vamos a ver! ¿Cuántos somos? Bueno, pues ni siquiera somos capaces de conservar vivo un fuego para que haya humo. ¿Es que no os dais cuenta? ¿No veis que debíamos… debíamos morir antes de permitir que se apague el fuego?

Se oyeron risitas en el grupo de cazadores. Ralph se dirigió a ellos acalorado: – ¡Vosotros! ¡Reíd todo lo queráis! Pero os digo que ese humo es mucho más importante que el jabalí, por muchos que matéis. ¿Lo entendéis?

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