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El señor de las moscas William Goulding (Lord of the Flies)… – Text to read

El señor de las moscas William Goulding (Lord of the Flies), 3. Cabañas en la playa (2)

Mittelstufe 2 Spanisch lesson to practice reading

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3. Cabañas en la playa (2)

Pero Jack señalaba hacia los altos desfiladeros que descendían desde la montaña a la parte más llana de la isla. – ¡Claro! Ahí se deben esconder… tiene que ser eso; cuando e! sol calienta demasiado…

Ralph observó asombrado aquel excitado rostro. -…suben muy alto. Hacia arriba y a la sombra, descansando cuando hace calor, como las vacas en casa… – ¡Creí que habías visto un barco!

–Podríamos acercarnos a uno sin que lo notase…, con las caras pintadas para que no nos viesen…, quizá rodearles y luego…

La indignación acabó con la paciencia de Ralph. – ¡Te estaba hablando del humo! ¿Es que no quieres que nos rescaten? ¡No sabes más que hablar de cerdos, cerdos y cerdos! – ¡Es que queremos carne!

–Y me paso todo el día trabajando sin nadie más que Simón y vuelves y ni te fijas en las cabañas.

–Yo también he estado trabajando… – ¡Pero eso te gusta! – gritó Ralph -. ¡Quieres cazar! Mientras que yo…

Se enfrentaron en la brillante playa, asombrados ante aquel choque de sentimientos.

Ralph fue el primero en desviar la mirada, fingiendo interés por un grupo de pequeños en la arena. Del otro lado de la plataforma llegó el griterío de los cazadores nadando en la poza. En un extremo de la plataforma estaba Piggy, tendido boca abajo, observando el agua resplandeciente.

–La gente nunca ayuda mucho.

Quería manifestar que la gente nunca resultaba ser del todo como uno se imagina que es.

–Simon sí ayuda – señaló hacia los refugios -. Todos los demás salieron corriendo. El ha hecho tanto como yo…, sólo que…

–Siempre se puede contar con Simón.

Ralph se volvió hacia los refugios, con Jack a su lado.

–Te ayudaré un poco – dijo Jack entre dientes – antes de bañarme.

–No te molestes.

Pero cuando llegaron a los refugios no encontraron a Simón por ninguna parte. Ralph se asomó al agujero, retrocedió y se volvió a Jack.

–Se ha largado.

–Se hartaría – dijo Jack y se fue a bañar. Ralph frunció el ceño.

–Es un tipo raro.

Jack asintió, por el simple deseo de asentir más que por otra cosa; y por acuerdo tácito dejaron el refugio y se dirigieron a la poza.

–Y luego – dijo Jack -, cuando me bañe y coma algo, treparé al otro lado de la montaña a ver si veo algunas huellas. ¿Vienes? – ¡Pero si el sol está a punto de ponerse!

–Quizás me dé tiempo…

Caminaron juntos, como dos universos distintos de experiencia y sentimientos, incapaces de comunicarse entre sí. – ¡Si lograse atrapar un jabalí!

–Volveré para seguir con el refugio.

Se miraron perplejos, con amor y odio. El agua salada y tibia de la poza, y los gritos, los chapuzones y las risas fueron por fin suficientes para acercarles de nuevo.

Simon, a quien esperaban encontrar allí, no estaba en la poza.

Cuando los otros dos bajaban brincando a la playa para observar la montaña, él les había seguido unos cuantos metros, pero luego se detuvo. Había observado con disgusto un montón de arena en la playa, donde alguien había intentado construir una casilla o una cabaña. Luego volvió la espalda a aquello y penetró en el bosque con aire decidido. Era un muchacho pequeño y flaco, de mentón saliente y ojos tan brillantes que habían confundido a Ralph haciéndole creer que Simón sería muy alegre y un gran bromista. Su melena negra le caía sobre la cara y casi tapaba una frente ancha y baja. Vestía los restos de unos pantalones y, como Jack, llevaba los pies descalzos. Simón, de por sí moreno, tenía fuertemente tostada por el sol la piel, que le brillaba con el sudor.

Se abrió camino remontando el desgarrón del bosque; pasó la gran roca que Ralph había escalado aquella primera mañana; después dobló a la derecha, entre los árboles.

Caminaba con paso familiar a través de la zona de frutales, donde el menos activo podía encontrar un alimento accesible, si bien poco atractivo. Flores y frutas crecían juntas en el mismo árbol y por todas partes se percibía el olor a madurez y el zumbido de un millón de abejas libando. Allí le alcanzaron los chiquillos que habían corrido tras él. Hablaban, chillaban ininteligiblemente y le fueron empujando hacia los árboles. Entre el zumbido de las abejas al sol de la tarde, Simón les consiguió la fruta que no podían alcanzar; eligió lo mejor de cada rama y lo fue entregando a las interminables manos tendidas hacia él.

Cuando les hubo saciado, descansó y miró en torno suyo. Los pequeños le observaban, sin expresión definible, por encima de las manos llenas de fruta madura.

Simón les dejó y se dirigió hacia el lugar a donde el apenas perceptible sendero le llevaba. Pronto se vio encerrado en la espesa jungla. De unos altos troncos salían inesperadas flores pálidas en hileras, que subían hasta el oscuro dosel donde la vida se anunciaba con gran clamor. Aquí, el aire mismo era oscuro, y las trepadoras soltaban sus cuerdas como cordajes de barcos a punto de zozobrar. Sus pies iban dejando huellas en el suave terreno y las trepadoras temblaban enteras cuando tropezaba con ellas.

Por fin llegó a un lugar donde penetraba mejor el sol.

Las trepadoras, como no tenían que ir muy lejos en busca de la luz, habían tejido una espesísima estera suspendida a un lado de un espacio abierto en la jungla; aquí, la roca casi afloraba y no permitía crecer sobre ella más que plantas pequeñas y helechos. Aquel espacio estaba cercado por oscuros arbustos aromáticos, y todo él era un cuenco de luz y calor. Un gran árbol, caído en una de las esquinas, descansaba contra los árboles que aún permanecían en pie y una veloz trepadora lucía sus rojos y amarillos brotes hasta la cima.

Simón se detuvo. Miró por encima de su hombro, como había hecho Jack, hacia los tupidos accesos que quedaban a su espalda y giró rápidamente la vista en torno suyo para confirmar que estaba completamente solo. Por un momento, sus movimientos se hicieron casi furtivos. Después se agachó y se introdujo, como un gran gusano, por el centro de la estera. Las trepadoras y los arbustos estaban tan próximos que iba dejando el sudor sobre ellos, y en cuanto él pasaba volvían a cerrarse. Una vez alcanzado el centro, se encontró seguro en una especie de choza, cerrada por una pantalla de hojas.

Se sentó en cuclillas, separó las hojas y se asomó al espacio abierto frente a él. Nada se movía excepto una pareja de brillantes mariposas que bailaban persiguiéndose en el aire cálido. Sosteniendo la respiración, aguzó el oído a los sonidos de la isla. Sobre la isla iba avanzando la tarde; las notas de las fantásticas aves de colores, el zumbido de las abejas, incluso los chillidos de las gaviotas que volvían a sus nidos entre las cuadradas rocas, eran ahora más tenues. El mar, rompiendo a muchos kilómetros, sobre al arrecife, difundía un leve rumor aún menos imperceptible que el susurro de la sangre.

Simón dejó caer la pantalla de hojas a su posición natural. Había disminuido la inclinación de las franjas color de miel que la luz del sol creaba; se deslizaron por los arbustos, pasaron sobre los verdes capullos de cera, se acercaron al dosel y la oscuridad creció bajo los árboles. Al decaer la luz se apagaron los atrevidos colores y fueron debilitándose el calor y la animación. Los capullos de cera se agitaron. Sus verdes sépalos se abrieron ligeramente y las blancas puntas de las flores asomaron suavemente para recibir el aire exterior.

Ahora la luz del sol había abandonado el claro de la jungla y se retiraba del cielo. Cayó la oscuridad sumergiendo los espacios entre los árboles, hasta que éstos se volvieron tan opacos y extraños como las profundidades del mar. Las velas de cera abrieron sus amplias flores blancas, que brillaron bajo las punzadas de luz de las primeras estrellas. Su aroma se esparció por el aire y se apoderó de la isla.

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