2. Fuego en la montaña (2)
Acarició la caracola con respeto, luego se quedó quieto y alzó los ojos. – ¡Ralph! ¡Oye! ¿A dónde vas?
Ralph trepaba ya por las primeras huellas de vegetación aplastada que marcaban la desgarradura del terreno. Las risas y el ruido de pisadas sobre el ramaje se oían a lo lejos.
Piggy le miró disgustado.
–Igual que una panda de críos…
Suspiró, se agachó y se ató los cordones de los zapatos. El ruido de la errática asamblea se alejaba hacia la montaña. Piggy, con la expresión sufrida de un padre que se ve obligado a seguir la loca agitación de sus hijos, asió la caracola y se dirigió hacia la selva, abriéndose paso a lo largo de la franja destrozada.
En la ladera opuesta de la montaña había una plataforma cubierta por el boscaje.
Ralph, una vez más, se vio esbozando el mismo gesto circular con las manos.
–Podemos coger toda la leña que queramos allá abajo.
Jack asintió con la cabeza y dio un tirón a su labio. La arboleda que se ofrecía a unos treinta metros bajo ellos, en el lado más pendiente de la montaña, parecía ideada para proveer de combustible. Los árboles crecían fácilmente bajo el húmedo calor, pero disponían de insuficiente tierra para crecer plenamente y pronto se desplomaban para desintegrarse; las trepadoras los envolvían y nuevos retoños buscaban camino hacia lo alto.
Jack se volvió a los muchachos del coro, que aguardaban preparados a obedecer.
Llevaban las gorras negras inclinadas sobre una oreja, como boinas.
–Venga. Vamos a formar una pila.
Buscaron el camino más cómodo de descenso y, una vez allí, comenzaron a recoger leña. Los chicos más pequeños lograron alcanzar la cima y se deslizaron también hacia aquel lugar; pronto todos excepto Piggy estaban ocupados en algo. La mayor parte de la madera estaba tan podrida que cuando tiraban de ella se deshacía en una lluvia de astillas, gusanos y residuos; pero lograron sacar algunos troncos en una sola pieza. Los mellizos, Sam y Eric, fueron los primeros en conseguir un buen leño, pero no pudieron hacer nada con él hasta que Ralph, Jack, Simon, Roger y Maurice se abrieron sitio para echar una mano. Subieron aquella cosa grotesca y muerta monte arriba y la dejaron caer en la cima. Cada grupo de chicos añadía su parte, grande o pequeña, y la pila crecía. Al regresar, Ralph se encontró con Jack, queriendo hacerse con un tronco; ambos se sonrieron y compartieron aquella carga. De nuevo la brisa, los gritos y la oblicua luz del sol sobre la alta montaña infundieron aquel encanto, aquella extraña e invisible luz de amistad, aventura y dicha.
–Casi imposible moverla. Jack le devolvió la sonrisa.
–Si lo hacemos entre los dos, no.
Juntos, unidos en un mismo esfuerzo por aquella carga, subieron tambaleándose hasta escalar el último saliente. Cantaron juntos, ¡Uno! ¡Dos! ¡Tres! y arrojaron el leño sobre la gran pila. Al apartarse, estaban tan alegres por aquel triunfo que Ralph no tuvo más remedio que dar una voltereta inmediatamente. Más abajo los chicos seguían trabajando, aunque algunos de los más pequeños habían perdido interés y buscaban fruta en aquel nuevo bosque. Llegaron ahora a la cima los mellizos, que, con inteligencia no sospechada, traían brazadas de hojas secas que vertieron sobre el montón. Uno a uno, los muchachos fueron abandonando la tarea al comprender que ya tenían bastante para la hoguera; allí esperaron, en la cima quebrada y rosa de la montaña. La respiración se había vuelto tranquila y el sudor se secaba.
Ralph y Jack se miraron mientras el grupo aguardaba en torno suyo. La vergonzosa verdad iba creciendo en ellos y no sabían cómo comenzar la confesión.
Ralph fue el primero en hablar; su cara estaba roja como el carmín. – ¿Quieres…? Tosió y siguió. – ¿Quieres encender el fuego?
Ahora que la absurda situación estaba al descubierto, Jack se sonrojó también.
Murmuró vagamente:
–Frotas dos palos. Se frotan…
Lanzó una ojeada a Ralph, que acabó por hacer confesión final de su impotencia. – ¿Alguien tiene cerillas?
–Se hace un arco y se da vueltas a la flecha – dijo Roger. Frotó las manos en imitación.
–Psss. Psss.
Corría un airecillo sobre la montaña. Y con él llegó Piggy, en camisa y calzoncillos, en un lento esfuerzo para acabar de salir al claro; la luz del atardecer se reflejaba en sus gafas.
Llevaba la caracola bajo el brazo.
Ralph le gritó: – ¡Piggy! ¿Tienes cerillas?
Los demás muchachos repitieron el grito hasta que resonó el eco en la montaña. Piggy contestó que no con un gesto y se acercó hasta la pila. – ¡Vaya! Menudo montón habéis hecho. Jack señaló, rápido, con la mano.
–Sus gafas… vamos a usarlas como una lente. Piggy se encontró rodeado antes de poder escapar. – ¡Oye… déjame en paz! – Su voz se convirtió en un grito de terror cuando Jack le arrebató las gafas. – ¡Ten cuidado! ¡Devuélvemelas! ¡No veo casi! ¡Vais a romper la caracola!
Ralph le empujó a un lado de un codazo y se arrodilló junto a la pila.
–Quitaos de la luz.
Se empujaban, se daban tirones unos a otros y gritaban oficiosos. Ralph acercaba y retiraba las gafas y las movía de un lado a otro, hasta que una brillante imagen blanca del sol declinante apareció sobre un trozo de madera podrida. Casi inmediatamente se alzó un fino hilo de humo que le hizo toser. También Jack se arrodilló y sopló suavemente, impulsando el humo, cada vez más espeso, hacia lo lejos, hasta que apareció por fin una llama diminuta. La llama, casi invisible al principio a la brillante luz del sol, rodeó una ramita, creció, se enriqueció en color y alcanzó a otra rama que estalló con un agudo chasquido. La llama aleteó hacia lo alto y los chicos rompieron en vítores. – ¡Mis gafas! – chilló Piggy -. ¡Dame mis gafas!
Ralph se apartó de la pila y puso las gafas en las manos de Piggy, que buscaba a tientas. Su voz bajó hasta no ser más que un murmullo.
–Sólo cosas borrosas, nada más. Casi no veo ni mis manos…
Los muchachos bailaban. La madera estaba tan podrida y ahora tan seca que las ramas enteras, como yesca, se entregaban a las impetuosas llamas amarillas; una gran barba roja, de más de cinco metros, surgió en el aire El calor que despedía la hoguera sacudía a varios metros como un golpe, y la brisa era un río de chispas. Los troncos se deshacían en polvo blanco.
Ralph gritó: – ¡Más leña! ¡Todos por más leña!
Era una carrera del tiempo contra el fuego, y los muchachos se esparcieron por la selva alta. El objetivo inmediato era mantener en la montaña una bandera de pura llama ondeante y nadie había pensado en otra cosa. Incluso los más pequeños, a no ser que se sintiesen reclamados por los frutales, traían trocitos de leña que arrojaban al fuego. El aire se movía más ligero y pasó a convertirse en un viento suave, y así sotavento y barlovento se hallaban bien diferenciados. El aire era fresco en un lado, pero en el otro el fuego alargaba un colérico brazo de calor que rizaba inmediatamente el pelo. Los muchachos, al sentir el viento de la tarde en sus rostros empapados, se pararon a disfrutar del fresco y advirtieron entonces que estaban agotados. Se tumbaron en las sombras escondidas entre las despedazadas rocas. La barba flamígera disminuyó rápidamente; la pila se desplomó con un ruido suave de cenizas, y lanzó al aire un gran árbol de chispas que se dobló hacia un costado y se alejó en el viento. Los chicos permanecieron tumbados, jadeando como perros.
Ralph levantó la cabeza, que había descansado en los brazos.
–No ha servido para nada.
Roger escupió con tino a la arena caliente. – ¿Qué quieres decir?
–Que no había humo, sólo llamas. Piggy se había instalado en el ángulo de dos piedras, y estaba allí sentado con la caracola sobre las rodillas.
–Hemos hecho una hoguera para nada – dijo – · No se puede sostener ardiendo un fuego así, por mucho que hagamos.
–Pues sí que tú has hecho mucho – dijo Jack con desprecio -. Te quedaste ahí sentado.
–Hemos usado sus gafas – dijo Simón manchándose de negro una mejilla con el antebrazo -. Nos ayudó así. – ¡La caracola la tengo yo – dijo Piggy indignado -, déjame hablar a mí!
–La caracola no vale en la cumbre de la montaña – dijo Jack -, así que cierra la boca.
–Tengo la caracola en la mano.
–Hay que echar ramas verdes – dijo Maurice -. Esa es la mejor manera de hacer humo.
–Tengo la caracola… – ¡Tú te callas!
Piggy se acobardó. Ralph le quitó la caracola y se dirigió al círculo de muchachos.
–Tiene que formarse un grupo especial que cuide del fuego. Cualquier día puede llegar un barco – dirigió la mano hacia la tensa cuerda del horizonte -, y si tenemos puesta una señal vendrán y nos sacarán de aquí. Y otra cosa. Necesitamos más reglas. Donde esté la caracola, hay una reunión. Igual aquí que abajo.
Dieron todos su asentimiento. Piggy abrió la boca para hablar, se fijó en los ojos de Jack y volvió a cerrarla. Jack tendió los brazos hacia la caracola y se puso en pie, sosteniendo con cuidado el delicado objeto en sus manos llenas de hollín.
–Estoy de acuerdo con Ralph. Necesitamos más reglas y hay que obedecerlas.
Después de todo, no somos salvajes. Somos ingleses, y los ingleses somos siempre los mejores en todo. Así que tenemos que hacer lo que es debido.
Se volvió a Ralph.
–Ralph, voy a dividir el coro… mis cazadores, quiero decir, en grupos, y nos ocuparemos de mantener vivo el fuego…
Tal generosidad produjo una rociada de aplausos entre los muchachos que obligó a Jack a sonreírles y luego a agitar la caracola para demandar silencio.
–Ahora podemos dejar que se apague el fuego. Además, ¿quién iba a ver el humo de noche? Y cuando queramos podemos encenderlo otra vez. Contraltos, esta semana os encargáis vosotros de mantener el fuego, y los sopranos la semana que viene…
La asamblea, gravemente, asintió.
–Y también nos ocuparemos de montar una guardia.
–Si vemos un barco allá afuera – siguieron con la vista la dirección de su huesudo brazo -, echaremos ramas verdes. Así habrá más humo.
Observaron fijamente el denso azul del horizonte, como si una pequeña silueta fuese a aparecer en cualquier momento.
Al oeste, el sol era una gota de oro ardiente que se deslizaba con rapidez hacia el alféizar del mundo. En ese mismo momento comprendieron que el ocaso significaba el fin de la luz y el calor.
Roger cogió la caracola y lanzó a su alrededor una mirada entristecida.
–He estado mirando al mar y no he visto ni una señal de un barco. Quizá no vengan nunca por nosotros.
Un murmullo se alzó y se apagó alejándose. Ralph cogió de nuevo la caracola.
–Ya os he dicho que algún día vendrán por nosotros. Hay que esperar, eso es todo.
Atrevido, a causa de su indignación, Piggy cogió la caracola. – ¡Eso es lo que yo dije! Estaba hablando de las reuniones y cosas así y me decís que cierre la boca…
Su voz se elevó en un tono de justificado reproche. Los demás se agitaron y empezaron a gritarle que se callase.
–Habéis dicho que queríais un fuego pequeño y vais y hacéis un montón como un almiar. Si digo algo – gritó Piggy con amargo realismo -, me decís que me calle, pero si es Jack o Maurice o Simón…
Se detuvo en medio del alboroto, de pie y mirando por encima de ellos hacia el lado hostil de la montaña, hacia el amplio espacio oscuro donde habían encontrado la leña. Se echó entonces a reír de una manera tan extraña que los demás se quedaron silenciosos, observando con atención el destello de sus gafas. Siguieron la dirección de sus ojos hasta descubrir el significado del amargo chiste.
–Ahí tenéis vuestra fogata.
Se veía salir humo aquí y allá entre las trepadoras que festoneaban los árboles muertos o moribundos. Mientras observaban, un destello de fuego apareció en la base de unos tallos y el humo fue haciéndose cada vez más espeso. Llamas pequeñas se agitaron junto al tronco de un árbol y se arrastraron entre las hojas y el ramaje seco, dividiéndose y creciendo. Un brote rozó el tronco de un árbol y trepó por él como una ardilla brillante. El humo creció, osciló y rodó hacia fuera. La ardilla saltó sobre las alas del viento y se asió a otro de los árboles en pie, devorándolo desde la copa. Bajo el oscuro dosel de hojas y humo, el fuego se apoderó de la selva y empezó a roer cuanto encontraba. Hectáreas de amarillo y negro humo rodaron implacables hacia el mar. Al ver las llamas y el curso incontenible del fuego, los muchachos rompieron en chillidos y vítores excitados. Las llamas, como un animal salvaje, se arrastraron, lo mismo que se arrastra un jaguar sobre su vientre, hacia una fila de retoños con aspecto de abedules que adornaban un crestón de la rosada roca. Aletearon sobre el primero de los árboles, y de las ramas brotó un nuevo follaje de fuego. El globo de llamas saltó ágilmente sobre el vacío entre los árboles y después recorrió la fila entera columpiándose y despidiendo llamaradas. Allá abajo, más de cincuenta hectáreas de bosque se convertían furiosamente en humo y llamas. Los diversos ruidos del fuego se fundieron en una especie de redoble de tambores que sacudió la montaña.