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Dickens - Canción de Navidad, El último de los espíritus 3

El último de los espíritus 3

¡Oh muerte fría, fría, rígida y atroz, eleva aquí tu altar y vístelo con esos pavores que sólo a ti obedecen porque este es tu reino! Pero en tus terribles propósitos no podrás volver odioso un solo rasgo ni tocar un solo cabello de los rostros amados, honrados y reverenciados. Y no es porque la mano sea pesada y se desplome al soltarla, ni porque se hayan parado los pulsos y el corazón, sino porque ERA una mano abierta, generosa; fiel; porque era un corazón valiente, cálido y tierno; porque el pulso era un pulso de un hombre de verdad. ¡Golpea, sombra, golpea y verás cómo manan de la herida sus buenas obras para sembrar en el mundo vida inmortal!

Ninguna voz pronunció esas palabras al oído de Scrooge y sin embargo las escuchó cuando estaba mirando el lecho. Si este hombre se pudiera levantar ahora, pensó, ¿cuáles serían sus sentimientos? ¿La avaricia, el trato despiadado, la intención de acaparar? ¡A buen fin le habían llevado, en verdad!

Allí yacía el cadáver, en la oscura casa vacía, sin un hombre, mujer o niño que le dijera que había sido atento con él en esto o aquello, y que en memoria de una palabra amable sería amable con él. Un gato arañaba la puerta y se escuchaba un sonido de ratas royendo bajo la chimenea. Scrooge no se atrevió a pensar qué buscaban en la habitación del muerto ni por qué estaban tan agitados a impacientes.

«¡Espíritu», dijo él, «este lugar es horrible. Después de salir de aquí no olvidaré la lección, créeme. ¡Vámonos!»

Pero el fantasma siguió apuntando con un dedo inmovil a la cabeza.

«Te comprendo», dijo Scrooge, «y lo haría si fuera capaz. Pero no tengo fuerzas, espíritu, no tengo valor.»

Otra vez pareció que le miraba

"Si hay en la ciudad alguna persona que sienta emoción por la muerte de este hombre", dijo Scrooge dolido, "muéstramela, espíritu, te lo suplico."

El fantasma desplegó su oscuro manto durante unos instantes, como si fuera un ala, y al recogerlo dejó ver una estancia iluminada por la luz del día, donde estaba una madre con sus hijos.

Ella esperaba a alguien con ansiedad, pues iba de un lado a otro de la habitación, se asomaba a la ventana, miraba el reloj, intentaba -en vano- hacer labor con la aguja y apenas podía soportar las voces de los niños que jugaban.

Al fin, se escuchó la llamada tanto tiempo esperada. Ella se precipitó a abrir la puerta para recibir a su marido, un hombre cuyo rostro reflejaba preocupación y tristeza, aunque era joven. Ahora tenía una expresión extraña, una especie de intenso regocijo que le hacía sentirse avergonzado y que procuraba reprimir.

Se sentó a cenar lo que ella había reservado cuidadosamente para él junto al fuego y, tras un largo silencio, ella le preguntó tímidamente qué noticias había; él pareció incómodo al buscar una respuesta.

"¿Son buenas o malas? ", dijo ella para ayudarle.

"Malas", respondió él.

"¿Estamos arruinados?"

"No, Caroline. Todavía hay esperanza."

"¡Sólo la hay si él se conmueve! ", dijo ella espantada. "Si ha ocurrido tal milagro aún nos queda una esperanza."

"Ha hecho algo más que conmoverse", dijo el marido. "Se ha muerto."

Si la cara es el espejo del alma, ella era criatura dulce y apacible pero al oírlo se sintió agradecida en lo más profundo de su corazón y así lo expresó con las manos entrelazadas. Al instante, pidió perdón y lo lamentó, pero el primero fue el sentimiento que le salió del alma.

"Resultó bastante cierto lo que me dijo aquella mujer medio borracha, que te conté anoche, cuando intenté verle para conseguir un aplazamiento de una semana; yo pensé que era una excusa para no recibirme, pero entonces él no sólo estaba muy enfermo sino que se estaba muriendo."

"¿A quién se traspasará nuestra deuda?"

"No sé, pero antes de que eso ocurra ya tendremos el dinero, y aunque no lo tuviéramos sería muy mala suerte dar con un acreedor tan implacable. ¡Esta noche podremos dormir sin congoja, Caroline!"

Sí. Se les había quitado un peso de encima. A los niños, enmudecidos y apiñados alrededor para oír algo que apenas comprendían, se les había iluminado la cara, y el hogar era más feliz gracias a la muerte de aquel hombre. La única emoción que el fantasma pudo mostrar a Scrooge fue una emoción plancetera.

"Permíteme ver algo de cariño por un muerto", dijo Scrooge, "o jamás podré librarme, espíritu, de la siniestra cámara que acabamos de dejar."

El fantasma le llevó por varias calles que ya conocía y mientras avanzaban Scrooge miraba de un lado a otro buscándose, pero no se le veía. Entraron en la casa del pobre Bob Cratchit, el hogar que había visitado anteriormente, y encontraron a la madre y a los hijos sentados cerca del fuego.

Silenciosos. Muy silenciosos. Los ruidosos pequeños Cratchit estaban quietos como estatuas en un rincón, sentandos mirando a Peter que tenía un libro. La madre y las hijas estaban ocupadas en la costura, pero muy en silencio.

"Y él puso a un niño en medio de ellos".

¡Dónde había escuchado Scrooge aquellas palabras? No las había soñado. Tal vez las había leído el muchacho en voz alta cuando él y el espíritu cruzaban el umbral. ¿Por qué no prosiguió?

La madre dejó la labor sobre la mesa y se llevó la mano al rostro.

"Me duelen los ojos de colorear", dijo.

¿De colorear? ¡Ay, pobre Tiny Tim!

"Ahora ya están mejor", dijo la esposa de Cratchit. "Me lloran con la luz de la vela y no quiero, por nada del mundo, que vuestro padre los vea así cuando vuelva a casa. Ya debe ser casi la hora".

"Más bien pasa", respondió Peter cerrando el libro. "Pero creo que estas últimas tardes viene andando más despacio que de costumbre, madre."

Se quedaron otra vez muy silenciosos. Finalmente, con una voz firme, animada, que sólo se quebró una vez, ella dijo:

"Le recuerdo andando con... le recuerdo andando con Tiny Tim en sus hombros muy deprisa."

"Y yo también", exclamó Peter. "Con frecuencia."

"¡Y yo también!" dijo otro. Todos se acordaban.

"Pero él pesaba tan poco", prosiguió ella, atenta a la labor, "y su padre le amaba tanto que no era una molestia, ninguna molestia. ¡Y ahí esta vuestro padre en la puerta!"

Se precipitó a su encuentro y el pobre Bob, con su bufanda de lana -la necesitaba el buen hombre- entró en la casa. Ya tenía el té preparado en la chapa de la cocina y todos procuraron anticiparse a los demás para servirle. Después, los dos jóvenes Cratchit se sentaron en sus rodillas y apoyaron en su rostro una pequeña mejilla como diciendo: "No te preocupes, padre. No estés triste."

Bob estuvo muy animado con ellos y muy agradable con toda la familia. Contempló la labor que estaba sobre la mesa y alabó la habilidad y rapidez de la señora Cratchit y las chicas. Quedaría terminada mucho antes del domingo, les dijo.

"¡Domingo! Entonces, ¿fuiste hoy, Robert? ", dijo su esposa.

"Sí, querida, respondió Bob. "Me habría gustado que hubieras podido ir. Te habría tranquilizado ver lo verde que es ese sitio. Pero ya lo verás con frecuencia. Le prometí que iría andando un domingo. ¡Mi hijito, mi niño pequeño! ", lloró Bob. "¡Mi niñito!"

Se desmoronó de una vez. No podía evitarlo. Tal vez hubiera podido si él y su hijo no hubiesen estado unidos tan estrechamente.

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