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Platero y Yo - Estrofas 44-53

XLIV

SARITO PARA la vendimia, estando yo una tarde roja en la viña del arroyo, las mujeres me dijeron que un negrito preguntaba por mí.

Iba yo hacia la era, cuando él venía ya vereda abajo:

—¡Sarito!

Era Sarito, el criado de Rosalina, mi novia portorriqueña. Se había escapado de Sevilla para torear por los pueblos, y venía de Niebla, andando, el capote, dos veces grana, al hombro, con hambre y sin dinero.

Los vendimiadores lo miraban de reojo, en un mal disimulado desprecio; las mujeres, más por los hombres que por ellas, lo evitaban. Antes, al pasar por el lagar, se había peleado ya con un muchacho que le había partido una oreja de un mordisco.

Yo le sonreía y le hablaba afable. Sarito, no atreviéndose á acariciarme á mí mismo, acariciaba á Platero, que andaba por allí comiendo uva, y me miraba, en tanto, noblemente...

XLV

TARDE DE OCTUBRE HAN pasado las vacaciones, y, con las primeras hojas gualdas, los niños han vuelto al colegio. Soledad. El sol de la casa parece vacío. En la ilusión suenan gritos lejanos y remotas risas...

Sobre los rosales, aún con flor, cae la tarde, lentamente. Las lumbres del ocaso prenden las últimas rosas, y el jardín, alzando como una llama de fragancia hacia el incendio del Poniente, huele todo á rosas quemadas. Silencio.

Platero, aburrido como yo, no sabe qué hacer. Poco á poco se viene á mí, duda un poco, y, al fin, confiado, se entra conmigo por la casa...

XLVI

EL LORO ESTÁBAMOS jugando con Platero y con el loro, en el huerto de mi amigo, el médico francés, cuando una mujer joven, desordenada y ansiosa, llegó, cuesta abajo, hasta nosotros. Antes de llegar, avanzando el negro mirar angustiado hasta mí, me había suplicado:

—Señorito: ¿está ahí ese médico?

Tras ella venían ya unos chiquillos astrosos, que, á cada instante, jadeando, miraban camino arriba; al fin, varios hombres que traían á otro, lívido y decaído. Era un cazador furtivo de esos que cazan venados en el coto de Doñana. La escopeta, una absurda escopeta vieja amarrada con tomiza, se le había reventado, y el cazador traía el tiro en un brazo.

Mi amigo se llegó, cariñoso, al herido, le levantó unos míseros trapos que le habían puesto, le lavó la sangre y le fué tocando huesos y músculos. De vez en cuando me miraba y me decía:

—Ce n'est rien...

La tarde caía. Llegaba de Huelva un olor á marisma, á brea, á pescado... Los naranjos redondeaban, sobre el poniente rosa, sus terciopelos de esmeralda. En una lila, lila y verde, el loro, verde y rojo, iba y venía, curioseándonos con sus ojitos redondos.

Al pobre cazador se le llenaban de sol las lágrimas saltadas; á veces, dejaba oir un ahogado grito. Y el loro:

—Ce n'est rien...

Mi amigo ponía al herido algodones y vendas...

El pobre hombre:

-¡Ay!

Y el loro, entre las lilas:

—Ce n'est rien... Ce n'est rien.

XLVII

ANOCHECER EN el recogimiento pacífico y rendido de los crepúsculos del pueblo, ¡qué poesía cobra la adivinación de lo lejano, el confuso recuerdo de lo apenas conocido! Es un encanto contagioso que retiene todo el pueblo como enclavado en la cruz de un triste y largo pensamiento.

Hay un olor al nutrido grano limpio que, bajo las frescas estrellas, amontona en las eras sus vagas colinas amarillentas. Los trabajadores canturrean por lo bajo, en un soñoliento cansancio. Sentadas en los zaguanes, las viudas piensan en los muertos, que duermen tan cerca, detrás de los corrales. Los niños corren, de una sombra á otra, como de un árbol á otro los pájaros...

Acaso, entre la luz umbrosa que perdura en las fachadas de cal de las casas humildes, pasan vagas siluetas terrosas, calladas, dolientes—un mendigo nuevo, un portugués que va hacia las rozas, un ladrón acaso—, que contrastan, en su obscura apariencia medrosa, con la mansedumbre que el crepúsculo malva, lento y místico, pone en las cosas conocidas... Los niños se alejan, y en el misterio de las puertas sin luz, se hablan de unos hombres que "sacan el unto para curar á la hija del rey, que está hética..."

XLVIII

EL ROCÍO PLATERO—le dije á mi burrillo—; vamos á esperar las Carretas. Traen el rumor del lejano bosque de Doñana, el misterio del pinar de las Animas, la frescura de las Madres y de los dos Frenos, el olor de la Rocina...

Me lo llevé, guapo y lujoso, á que piropeara á las muchachas, por la calle de la Fuente, en cuyos aleros de cal se moría, en una alta cinta rosa, el vacilante sol de la tarde. Luego nos pusimos en el vallado de los Hornos, desde donde se ve todo el camino de los Llanos.

Venían ya, cuesta arriba, las Carretas. La suave llovizna de todos los Rocíos caía sobre las viñas verdes, de una pasajera nube malva. Pero la gente no levantaba siquiera los ojos al agua.

Pasaron, primero, en burros, muías y caballos ataviados á la moruna, las alegres parejas de novios, ellos alegres, valientes ellas. El rico y vivo tropel iba, volvía, se alcanzaba incesantemente en una locura sin sentido. Seguía luego el carro de los borrachos, estrepitoso, agrio y trastornado; detrás, las carretas, como lechos, colgadas de blanco, con las muchachas, morenas y floridas, sentadas bajo el dosel, repicando panderetas y chillando sevillanas. Más caballos, más burros... Y el mayordomo—¡Viva la Virgen del Rocío! Vivaaaaa...!—cano, seco y rojo, con el sombrero ancho á la espalda y la vara de oro descansada en el estribo. Al fin, mansamente tirado por dos grandes bueyes píos, que parecían obispos con sus frontales de colorines y espejos, el Sin Pecado, malva y de plata en su carro blanco, todo en flor, como un cargado jardín mustio.

Se oía ya la música, ahogada entre el campaneo, los cohetes, el duro herir de los cascos herrados en las piedras...

Platero, entonces, dobló sus manos, y, como una mujer, se arrodilló, blando, humilde y consentido.



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XLIV

SARITO PARA la vendimia, estando yo una tarde roja en la viña del arroyo, las mujeres me dijeron que un negrito preguntaba por mí.

Iba yo hacia la era, cuando él venía ya vereda abajo:

—¡Sarito!

Era Sarito, el criado de Rosalina, mi novia portorriqueña. Se había escapado de Sevilla para torear por los pueblos, y venía de Niebla, andando, el capote, dos veces grana, al hombro, con hambre y sin dinero.

Los vendimiadores lo miraban de reojo, en un mal disimulado desprecio; las mujeres, más por los hombres que por ellas, lo evitaban. Antes, al pasar por el lagar, se había peleado ya con un muchacho que le había partido una oreja de un mordisco.

Yo le sonreía y le hablaba afable. Sarito, no atreviéndose á acariciarme á mí mismo, acariciaba á Platero, que andaba por allí comiendo uva, y me miraba, en tanto, noblemente...

XLV

TARDE DE OCTUBRE HAN pasado las vacaciones, y, con las primeras hojas gualdas, los niños han vuelto al colegio. Soledad. El sol de la casa parece vacío. En la ilusión suenan gritos lejanos y remotas risas...

Sobre los rosales, aún con flor, cae la tarde, lentamente. Las lumbres del ocaso prenden las últimas rosas, y el jardín, alzando como una llama de fragancia hacia el incendio del Poniente, huele todo á rosas quemadas. Silencio.

Platero, aburrido como yo, no sabe qué hacer. Poco á poco se viene á mí, duda un poco, y, al fin, confiado, se entra conmigo por la casa...

XLVI

EL LORO ESTÁBAMOS jugando con Platero y con el loro, en el huerto de mi amigo, el médico francés, cuando una mujer joven, desordenada y ansiosa, llegó, cuesta abajo, hasta nosotros. Antes de llegar, avanzando el negro mirar angustiado hasta mí, me había suplicado:

—Señorito: ¿está ahí ese médico?

Tras ella venían ya unos chiquillos astrosos, que, á cada instante, jadeando, miraban camino arriba; al fin, varios hombres que traían á otro, lívido y decaído. Era un cazador furtivo de esos que cazan venados en el coto de Doñana. La escopeta, una absurda escopeta vieja amarrada con tomiza, se le había reventado, y el cazador traía el tiro en un brazo.

Mi amigo se llegó, cariñoso, al herido, le levantó unos míseros trapos que le habían puesto, le lavó la sangre y le fué tocando huesos y músculos. De vez en cuando me miraba y me decía:

—Ce n'est rien...

La tarde caía. Llegaba de Huelva un olor á marisma, á brea, á pescado... Los naranjos redondeaban, sobre el poniente rosa, sus terciopelos de esmeralda. En una lila, lila y verde, el loro, verde y rojo, iba y venía, curioseándonos con sus ojitos redondos.

Al pobre cazador se le llenaban de sol las lágrimas saltadas; á veces, dejaba oir un ahogado grito. Y el loro:

—Ce n'est rien...

Mi amigo ponía al herido algodones y vendas...

El pobre hombre:

-¡Ay!

Y el loro, entre las lilas:

—Ce n'est rien... Ce n'est rien.

XLVII

ANOCHECER EN el recogimiento pacífico y rendido de los crepúsculos del pueblo, ¡qué poesía cobra la adivinación de lo lejano, el confuso recuerdo de lo apenas conocido! Es un encanto contagioso que retiene todo el pueblo como enclavado en la cruz de un triste y largo pensamiento.

Hay un olor al nutrido grano limpio que, bajo las frescas estrellas, amontona en las eras sus vagas colinas amarillentas. Los trabajadores canturrean por lo bajo, en un soñoliento cansancio. Sentadas en los zaguanes, las viudas piensan en los muertos, que duermen tan cerca, detrás de los corrales. Los niños corren, de una sombra á otra, como de un árbol á otro los pájaros...

Acaso, entre la luz umbrosa que perdura en las fachadas de cal de las casas humildes, pasan vagas siluetas terrosas, calladas, dolientes—un mendigo nuevo, un portugués que va hacia las rozas, un ladrón acaso—, que contrastan, en su obscura apariencia medrosa, con la mansedumbre que el crepúsculo malva, lento y místico, pone en las cosas conocidas... Los niños se alejan, y en el misterio de las puertas sin luz, se hablan de unos hombres que "sacan el unto para curar á la hija del rey, que está hética..."

XLVIII

EL ROCÍO PLATERO—le dije á mi burrillo—; vamos á esperar las Carretas. Traen el rumor del lejano bosque de Doñana, el misterio del pinar de las Animas, la frescura de las Madres y de los dos Frenos, el olor de la Rocina...

Me lo llevé, guapo y lujoso, á que piropeara á las muchachas, por la calle de la Fuente, en cuyos aleros de cal se moría, en una alta cinta rosa, el vacilante sol de la tarde. Luego nos pusimos en el vallado de los Hornos, desde donde se ve todo el camino de los Llanos.

Venían ya, cuesta arriba, las Carretas. La suave llovizna de todos los Rocíos caía sobre las viñas verdes, de una pasajera nube malva. Pero la gente no levantaba siquiera los ojos al agua.

Pasaron, primero, en burros, muías y caballos ataviados á la moruna, las alegres parejas de novios, ellos alegres, valientes ellas. El rico y vivo tropel iba, volvía, se alcanzaba incesantemente en una locura sin sentido. Seguía luego el carro de los borrachos, estrepitoso, agrio y trastornado; detrás, las carretas, como lechos, colgadas de blanco, con las muchachas, morenas y floridas, sentadas bajo el dosel, repicando panderetas y chillando sevillanas. Más caballos, más burros... Y el mayordomo—¡Viva la Virgen del Rocío! Vivaaaaa...!—cano, seco y rojo, con el sombrero ancho á la espalda y la vara de oro descansada en el estribo. Al fin, mansamente tirado por dos grandes bueyes píos, que parecían obispos con sus frontales de colorines y espejos, el Sin Pecado, malva y de plata en su carro blanco, todo en flor, como un cargado jardín mustio.

Se oía ya la música, ahogada entre el campaneo, los cohetes, el duro herir de los cascos herrados en las piedras...

Platero, entonces, dobló sus manos, y, como una mujer, se arrodilló, blando, humilde y consentido.


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