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Platero y Yo - Estrofas 24-33, Platero y Yo - Estrofas 24-33 (1)

XXIV

EL CANTO DEL GRILLO PLATERO y yo conocemos bien, de nuestras correrías nocturnas, el canto del grillo.

El primer canto del grillo, en el crepúsculo, es vacilante, bajo y áspero. Muda de tono, aprende de si mismo y, poco á poco, va subiendo, va poniéndose en su sitio, como si fuera buscando la armonía del lugar y de la hora. De pronto, ya las estrellas en el cielo verde y transparente, cobra el canto un dulzor melodioso de cascabel libre.

Las frescas brisas moradas van y vienen; se abren del todo las flores de la noche y vaga por el llano una esencia pura y divina, de confundidos prados azules, celestes y terrestres. Y el canto del grillo se exalta, llena todo el campo, es cual la voz de la sombra. No vacila ya, ni se calla. Como surtiendo de sí propio, cada nota es gemela de la otra, en una hermandad de obscuros cristales.

Pasan, serenas, las horas. No hay guerra en el mundo y duerme bien el labrador, viendo el cielo en el fondo alto de su sueño. Tal vez el amor, entre las enredaderas de una tapia, anda extasiado, los ojos en los ojos. Los habares mandan al pueblo mensajes de fragancia tierna, cual en una libre adolescencia candorosa y sutil. Y los trigos ondean, verdes de luna, suspirando al viento de las dos, de las tres, de las cuatro... El canto del grillo, de tanto sonar, se ha perdido...

¡Aquí está! ¡Oh canto del grillo por la madrugada, cuando, corridos de calosfríos, Platero y yo nos vamos á la cama por las sendas blancas de relente! La luna, se cae, rojiza y soñolienta. Ya el canto está borracho de luna, embriagado de estrellas, romántico, misterioso, profuso. Es cuando unas grandes nubes luctuosas, bordeadas de un malva azul y triste, sacan el día de la mar, lentamente...

XXV

CORPUS ENTRANDO por la calle de la Fuente, de vuelta del huerto, las Campanas, que ya habíamos oído tres veces desde los arroyos, conmueven, con su pregonera coronación de bronce, el blanco pueblecillo. Su repique voltea y voltea entre el chispeante y estruendoso subir de los cohetes y la chillona metalería de la música.

La calle, recién encalada y ribeteada de almagra, verdea toda, vestida de chopos y juncias. Lucen las ventanas colgaduras de damasco granate, de seda amarilla, de celeste raso, y, en las casas en que hay luto, de lana cándida, con cintas negras. Por las últimas casas, en la vuelta del Porche, aparece, tarda, la Cruz de los espejos, que, entre los destellos del poniente, recoge ya la luz de los cirios rojos. Lentamente, pasa la procesión. La bandera carmín, y San Roque, patrón de los panaderos, cargado de tiernas roscas; la bandera glauca, y San Telmo, patrón de los marineros, con su navío de plata en las manos; la bandera gualda, y San Isidro, patrón de los labradores, con su yuntita de bueyes, y más banderas de colores, y más Santos, y luego, Santa Ana, dando lección á la Virgen, y San José, pardo, y la Inmaculada, azul... Al fin, entre la guardia civil, la Custodia, ornada de espigas granadas y de esmeraldinas uvas agraces su calada platería, despaciosa en su nube celeste de incienso.

En la tarde que cae, se alza, claro, el latín andaluz de los salmos. El sol, ya rosa, quiebra su rayo bajo, que viene por la calle del Río, en la cargazón de oro de las viejas capas pluviales. Arriba, en derredor de la torre escarlata, sobre el ópalo terso de la hora serena de Junio, las palomas tejen sus altas guirnaldas de nieve encendida...

Platero, entonces, rebuzna. Y su mansedumbre se asocia, con la campana, con el cohete, con el latín y con la música, al claro misterio del día, y el rebuzno se le endulza, altivo, y, rastrero, se le diviniza...

XXVI

LA CUADRA CUANDO, al mediodía, voy á ver á Platero, un transparente rayo del sol de las doce enciende un gran lunar de oro en la plata blanda de su lomo. Bajo su barriga, por el obscuro suelo, vagamente verde, el techo viejo llueve claras monedas de fuego.

Diana, que está echada entre las patas de Platero, viene á mí bailando y me pone sus manos en el pecho, anhelando lamerme la boca con su lengua rosa. Subida en lo más alto del pesebre, la cabra me mira curiosa, doblando la fina cabeza de un lado y de otro, con una femenina distinción. Entretanto, Platero, que, antes de entrar yo, me había ya saludado con un levantado rebuzno, quiere romper su cuerda, duro y alegre al mismo tiempo:

Por el tragaluz, que trae el irisado tesoro del cenit, me voy un momento, rayo de sol arriba, al cielo, desde aquel idilio. Luego, subiéndome á una piedra, miro el campo.

El paisaje verde nada en la lumbrarada florida y soñolienta, y en el azul limpio que encuadra el muro astroso, suena, dejada y dulce, una campana.

XXVII

EL PERRO SARNOSO VENÍA, á Veces, flaco y anhelante, á la casa del huerto. El pobre andaba siempre huido, acostumbrado á los gritos y á las pedreas. Los mismos perros le enseñaban los colmillos. Y se iba otra vez, en él sol del mediodía, lento y triste, monte abajo.

Aquella tarde, llegó detrás de Diana. Cuando yo salía, el guarda, que en un arranque de mal corazón había sacado la escopeta, disparó contra él. No tuve tiempo de evitarlo. El pobre perro, con el tiro en las entrañas, giró vertiginosamente un momento, en un redondo aullido agudo, y cayó muerto bajo una acacia.

Platero miraba al perro fijamente, erguida la cabeza. Diana, temerosa, andaba escondiéndose de uno en otro. El guarda, arrepentido quizás, daba largas razones no sabía á quién, indignándose sin poder, queriendo acallar su remordimiento. Un velo parecía enlutecer el sol; un velo grande, como el velo pequeñito que nubló el ojo sano del perro asesinado. Abatidos por el viento del mar, los eucaliptos lloraban más reciamente en el hondo silencio aplastante que la siesta tendía por el campo de oro, sobre el perro muerto.

XXVIII

TORMENTA MIEDO. Aliento contenido. Sudor frío. El terrible cielo bajo ahoga el amanecer. (No hay por dónde escapar.) Silencio... El amor se para. Tiembla la culpa. El remordimiento cierra los ojos. Más silencio...

El trueno, sordo, retumbante, interminable, como una enorme carga de piedra que cayera del cenit al pueblo, recorre, largamente, la mañana desierta. (No hay por dónde huir.) Todo lo débil—flores, pájaros—, desaparece de la vida.

Tímido, el espanto mira; por la ventana entreabierta á Dios, que se alumbra trágicamente. Allá en oriente, entre desgarrones de nubes, se ven malvas y rosas tristes, sucios, fríos, que no pueden vencer la negrura.

¡Angelus! Un Angelus duro y abandonado, solloza entre el tronido. ¿El último Angelus del mundo? Y se quiere que la campana acabe pronto, ó que suene más, mucho más, que ahogue la tormenta. Y se va de un lado á otro, y se implora, y no se sabe lo que se quiere...

(No hay por dónde escapar.) Los corazones están yertos. Los niños lloran...

—¿Qué será de Platero, tan solo allá en la indefensa cuadra del corral?

XXIX

PASAN LOS PATOS HE ido á darle agua á Platero. En la noche serena, toda de nubes blancas y de estrellas, se oye, allá arriba, desde el silencio del corral, un incesante pasar de claros silbidos.

Son los patos. Van tierra adentro, huyendo de la tempestad marina. De vez en cuando, como si nosotros hubiéramos ascendido ó como si ellos hubiesen bajado, se escuchan los ruidos más leves de sus alas, de sus picos...

Horas y horas, los silbidos seguirán pasando, en un huir interminable.

Platero, de vez en cuando, deja de beber y levanta, como yo, la cabeza á las estrellas, con una blanda nostalgia infinita...

XXX

SIESTA QUÉ triste belleza, amarilla y descolorida, la del sol de la tarde, cuando me despierto bajo la higuera!

Una brisa seca, embalsamada de derretida jara, me acaricia el sudoroso despertar. Las grandes hojas, levemente movidas, del blando árbol viejo, me enlutan ó me deslumbran. Parece que me mecieran suavemente en una cuna que fuese del sol á la sombra, de la sombra al sol.

Lejos, en el pueblo desierto, las campanas de las tres sueñan las vísperas, tras el oleaje de cristal del aire. Oyéndolas, Platero, que me ha robado una gran sandía de dulce escarcha grana, de pie, inmóvil, me mira con sus enormes ojos vacilantes.

Frente á sus ojos cansados, mis ojos se me cansan otra vez... Torna la brisa, cual una mariposa que quisiera volar y á la que, de pronto, se le doblaran las alas... las alas... mis párpados flojos, que, de pronto, se cerraran...

XXXI

LA TÍSICA ESTABA derecha en una triste silla, blanca la cara y mate, cual un nardo ajado, enmedio de la encalada y fría alcoba. Le había mandado el médico salir al campo, á que le diera el sol de Marzo; pero la pobre no podía.

—Cuando llego al p u e n t e—me dijo—, ¡ya ve usted, señorito, ahí al lado que está!, me ahogo...

La voz pueril, delgada y rota, se le caía, cansada, como se cae, á veces, la brisa en el estío.

Yo le ofrecí á Platero para que diese un paseíto. Subida en él, ¡qué risa la de su aguda cara de muerta, toda ojos negros y dientes blancos!

...Las mujeres se asomaban á las puertas á vernos pasar. Iba Platero despacio, como sabiendo que llevaba encima un frágil lirio de cristal. La niña, con su hábito cándido, transfigurada por la fiebre y la alegría, parecía un ángel que entraba en el pueblo, camino del cielo del sur.

XXXII

PASEO POR los hondos caminos del estío, colgados de tiernas madreselvas, ¡cuan dulcemente vamos! Yo leo, ó canto, ó digo versos al cielo. Platero mordisquea la hierba escasa de los vallados en sombra, la flor empolvada de las malvas, las vinagreras amarillas. Está parado más tiempo que andando. Yo lo dejo...

El cielo azul, azul, azul, asaeteado de mis ojos en arrobamiento, se levanta, sobre los almendros cargados, á sus últimas glorias. Todo el campo, silencioso y ardiente, brilla. En el río, una velita blanca se eterniza, sin viento. Hacia los montes, la compacta humareda de un incendio alza sus redondas nubes negras.

Pero nuestro caminar es bien corto. Es como un día suave é indefenso, enmedio de la vida múltiple. ¡Ni la apoteosis del cielo, ni el ultramar á que va el río, ni siquiera la tragedia de las llamas!

Cuando, entre un olor á naranjas, se oye el hierro alegre y fresco de la noria, Platero rebuzna y retoza alegremente. ¡Qué sencillo placer diario! Ya en la alberca, yo lleno mi vaso y bebo aquella nieve líquida. Platero sume en el agua umbría su boca, y bebe, aquí y allá, en lo más limpio, avaramente...

XXXIII

CARNAVAL QUÉ guapo está hoy Platero! Es lunes de Carnaval, y los niños, que se han vestido de máscara, le han puesto el aparejo moruno, todo bordado en rojo, azul, blanco y amarillo, de cargados arabescos.

Agua, sol y frío. Los redondos papelillos de colores van rodando paralelamente por la acera, al viento agudo de la tarde, y las máscaras, ateridas, hacen bolsillos de cualquier cosa para las manos azules.

Cuando hemos llegado á la plaza, unas mujeres vestidas de locas, con largas camisas blancas y guirnaldas de hojas verdes en los negros y sueltos cabellos, han cogido á Platero en medio de su corro bullanguero, y han girado alegremente en torno de él.

Platero, indeciso, yergue las orejas, alza la cabeza, y, como un alacrán cercado por el fuego, intenta, nervioso, huir por doquiera. Pero, como es tan pequeño, las locas no le temen y siguen girando, cantando y riendo á su alrededor. Los chiquillos, viéndolo cautivo, rebuznan para que él rebuzne. Toda la plaza es ya un concierto altivo de metal amarillo, de rebuznos, de risas, de coplas, de panderetas y de almireces...

Por fin, Platero, decidido, igual que un hombre, rompe el corro y se viene á mí trotando y llorando, caído el lujoso aparejo.



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XXIV

EL CANTO DEL GRILLO PLATERO y yo conocemos bien, de nuestras correrías nocturnas, el canto del grillo.

El primer canto del grillo, en el crepúsculo, es vacilante, bajo y áspero. Muda de tono, aprende de si mismo y, poco á poco, va subiendo, va poniéndose en su sitio, como si fuera buscando la armonía del lugar y de la hora. De pronto, ya las estrellas en el cielo verde y transparente, cobra el canto un dulzor melodioso de cascabel libre.

Las frescas brisas moradas van y vienen; se abren del todo las flores de la noche y vaga por el llano una esencia pura y divina, de confundidos prados azules, celestes y terrestres. Y el canto del grillo se exalta, llena todo el campo, es cual la voz de la sombra. No vacila ya, ni se calla. Como surtiendo de sí propio, cada nota es gemela de la otra, en una hermandad de obscuros cristales.

Pasan, serenas, las horas. No hay guerra en el mundo y duerme bien el labrador, viendo el cielo en el fondo alto de su sueño. Tal vez el amor, entre las enredaderas de una tapia, anda extasiado, los ojos en los ojos. Los habares mandan al pueblo mensajes de fragancia tierna, cual en una libre adolescencia candorosa y sutil. Y los trigos ondean, verdes de luna, suspirando al viento de las dos, de las tres, de las cuatro... El canto del grillo, de tanto sonar, se ha perdido...

¡Aquí está! ¡Oh canto del grillo por la madrugada, cuando, corridos de calosfríos, Platero y yo nos vamos á la cama por las sendas blancas de relente! La luna, se cae, rojiza y soñolienta. Ya el canto está borracho de luna, embriagado de estrellas, romántico, misterioso, profuso. Es cuando unas grandes nubes luctuosas, bordeadas de un malva azul y triste, sacan el día de la mar, lentamente...

XXV

CORPUS ENTRANDO por la calle de la Fuente, de vuelta del huerto, las Campanas, que ya habíamos oído tres veces desde los arroyos, conmueven, con su pregonera coronación de bronce, el blanco pueblecillo. Su repique voltea y voltea entre el chispeante y estruendoso subir de los cohetes y la chillona metalería de la música.

La calle, recién encalada y ribeteada de almagra, verdea toda, vestida de chopos y juncias. Lucen las ventanas colgaduras de damasco granate, de seda amarilla, de celeste raso, y, en las casas en que hay luto, de lana cándida, con cintas negras. Por las últimas casas, en la vuelta del Porche, aparece, tarda, la Cruz de los espejos, que, entre los destellos del poniente, recoge ya la luz de los cirios rojos. Lentamente, pasa la procesión. La bandera carmín, y San Roque, patrón de los panaderos, cargado de tiernas roscas; la bandera glauca, y San Telmo, patrón de los marineros, con su navío de plata en las manos; la bandera gualda, y San Isidro, patrón de los labradores, con su yuntita de bueyes, y más banderas de colores, y más Santos, y luego, Santa Ana, dando lección á la Virgen, y San José, pardo, y la Inmaculada, azul... Al fin, entre la guardia civil, la Custodia, ornada de espigas granadas y de esmeraldinas uvas agraces su calada platería, despaciosa en su nube celeste de incienso.

En la tarde que cae, se alza, claro, el latín andaluz de los salmos. El sol, ya rosa, quiebra su rayo bajo, que viene por la calle del Río, en la cargazón de oro de las viejas capas pluviales. Arriba, en derredor de la torre escarlata, sobre el ópalo terso de la hora serena de Junio, las palomas tejen sus altas guirnaldas de nieve encendida...

Platero, entonces, rebuzna. Y su mansedumbre se asocia, con la campana, con el cohete, con el latín y con la música, al claro misterio del día, y el rebuzno se le endulza, altivo, y, rastrero, se le diviniza...

XXVI

LA CUADRA CUANDO, al mediodía, voy á ver á Platero, un transparente rayo del sol de las doce enciende un gran lunar de oro en la plata blanda de su lomo. Bajo su barriga, por el obscuro suelo, vagamente verde, el techo viejo llueve claras monedas de fuego.

Diana, que está echada entre las patas de Platero, viene á mí bailando y me pone sus manos en el pecho, anhelando lamerme la boca con su lengua rosa. Subida en lo más alto del pesebre, la cabra me mira curiosa, doblando la fina cabeza de un lado y de otro, con una femenina distinción. Entretanto, Platero, que, antes de entrar yo, me había ya saludado con un levantado rebuzno, quiere romper su cuerda, duro y alegre al mismo tiempo:

Por el tragaluz, que trae el irisado tesoro del cenit, me voy un momento, rayo de sol arriba, al cielo, desde aquel idilio. Luego, subiéndome á una piedra, miro el campo.

El paisaje verde nada en la lumbrarada florida y soñolienta, y en el azul limpio que encuadra el muro astroso, suena, dejada y dulce, una campana.

XXVII

EL PERRO SARNOSO VENÍA, á Veces, flaco y anhelante, á la casa del huerto. El pobre andaba siempre huido, acostumbrado á los gritos y á las pedreas. Los mismos perros le enseñaban los colmillos. Y se iba otra vez, en él sol del mediodía, lento y triste, monte abajo.

Aquella tarde, llegó detrás de Diana. Cuando yo salía, el guarda, que en un arranque de mal corazón había sacado la escopeta, disparó contra él. No tuve tiempo de evitarlo. El pobre perro, con el tiro en las entrañas, giró vertiginosamente un momento, en un redondo aullido agudo, y cayó muerto bajo una acacia.

Platero miraba al perro fijamente, erguida la cabeza. Diana, temerosa, andaba escondiéndose de uno en otro. El guarda, arrepentido quizás, daba largas razones no sabía á quién, indignándose sin poder, queriendo acallar su remordimiento. Un velo parecía enlutecer el sol; un velo grande, como el velo pequeñito que nubló el ojo sano del perro asesinado. Abatidos por el viento del mar, los eucaliptos lloraban más reciamente en el hondo silencio aplastante que la siesta tendía por el campo de oro, sobre el perro muerto.

XXVIII

TORMENTA MIEDO. Aliento contenido. Sudor frío. El terrible cielo bajo ahoga el amanecer. (No hay por dónde escapar.) Silencio... El amor se para. Tiembla la culpa. El remordimiento cierra los ojos. Más silencio...

El trueno, sordo, retumbante, interminable, como una enorme carga de piedra que cayera del cenit al pueblo, recorre, largamente, la mañana desierta. (No hay por dónde huir.) Todo lo débil—flores, pájaros—, desaparece de la vida.

Tímido, el espanto mira; por la ventana entreabierta á Dios, que se alumbra trágicamente. Allá en oriente, entre desgarrones de nubes, se ven malvas y rosas tristes, sucios, fríos, que no pueden vencer la negrura.

¡Angelus! Un Angelus duro y abandonado, solloza entre el tronido. ¿El último Angelus del mundo? Y se quiere que la campana acabe pronto, ó que suene más, mucho más, que ahogue la tormenta. Y se va de un lado á otro, y se implora, y no se sabe lo que se quiere...

(No hay por dónde escapar.) Los corazones están yertos. Los niños lloran...

—¿Qué será de Platero, tan solo allá en la indefensa cuadra del corral?

XXIX

PASAN LOS PATOS HE ido á darle agua á Platero. En la noche serena, toda de nubes blancas y de estrellas, se oye, allá arriba, desde el silencio del corral, un incesante pasar de claros silbidos.

Son los patos. Van tierra adentro, huyendo de la tempestad marina. De vez en cuando, como si nosotros hubiéramos ascendido ó como si ellos hubiesen bajado, se escuchan los ruidos más leves de sus alas, de sus picos...

Horas y horas, los silbidos seguirán pasando, en un huir interminable.

Platero, de vez en cuando, deja de beber y levanta, como yo, la cabeza á las estrellas, con una blanda nostalgia infinita...

XXX

SIESTA QUÉ triste belleza, amarilla y descolorida, la del sol de la tarde, cuando me despierto bajo la higuera!

Una brisa seca, embalsamada de derretida jara, me acaricia el sudoroso despertar. Las grandes hojas, levemente movidas, del blando árbol viejo, me enlutan ó me deslumbran. Parece que me mecieran suavemente en una cuna que fuese del sol á la sombra, de la sombra al sol.

Lejos, en el pueblo desierto, las campanas de las tres sueñan las vísperas, tras el oleaje de cristal del aire. Oyéndolas, Platero, que me ha robado una gran sandía de dulce escarcha grana, de pie, inmóvil, me mira con sus enormes ojos vacilantes.

Frente á sus ojos cansados, mis ojos se me cansan otra vez... Torna la brisa, cual una mariposa que quisiera volar y á la que, de pronto, se le doblaran las alas... las alas... mis párpados flojos, que, de pronto, se cerraran...

XXXI

LA TÍSICA ESTABA derecha en una triste silla, blanca la cara y mate, cual un nardo ajado, enmedio de la encalada y fría alcoba. Le había mandado el médico salir al campo, á que le diera el sol de Marzo; pero la pobre no podía.

—Cuando llego al p u e n t e—me dijo—, ¡ya ve usted, señorito, ahí al lado que está!, me ahogo...

La voz pueril, delgada y rota, se le caía, cansada, como se cae, á veces, la brisa en el estío.

Yo le ofrecí á Platero para que diese un paseíto. Subida en él, ¡qué risa la de su aguda cara de muerta, toda ojos negros y dientes blancos!

...Las mujeres se asomaban á las puertas á vernos pasar. Iba Platero despacio, como sabiendo que llevaba encima un frágil lirio de cristal. La niña, con su hábito cándido, transfigurada por la fiebre y la alegría, parecía un ángel que entraba en el pueblo, camino del cielo del sur.

XXXII

PASEO POR los hondos caminos del estío, colgados de tiernas madreselvas, ¡cuan dulcemente vamos! Yo leo, ó canto, ó digo versos al cielo. Platero mordisquea la hierba escasa de los vallados en sombra, la flor empolvada de las malvas, las vinagreras amarillas. Está parado más tiempo que andando. Yo lo dejo...

El cielo azul, azul, azul, asaeteado de mis ojos en arrobamiento, se levanta, sobre los almendros cargados, á sus últimas glorias. Todo el campo, silencioso y ardiente, brilla. En el río, una velita blanca se eterniza, sin viento. Hacia los montes, la compacta humareda de un incendio alza sus redondas nubes negras.

Pero nuestro caminar es bien corto. Es como un día suave é indefenso, enmedio de la vida múltiple. ¡Ni la apoteosis del cielo, ni el ultramar á que va el río, ni siquiera la tragedia de las llamas!

Cuando, entre un olor á naranjas, se oye el hierro alegre y fresco de la noria, Platero rebuzna y retoza alegremente. ¡Qué sencillo placer diario! Ya en la alberca, yo lleno mi vaso y bebo aquella nieve líquida. Platero sume en el agua umbría su boca, y bebe, aquí y allá, en lo más limpio, avaramente...

XXXIII

CARNAVAL QUÉ guapo está hoy Platero! Es lunes de Carnaval, y los niños, que se han vestido de máscara, le han puesto el aparejo moruno, todo bordado en rojo, azul, blanco y amarillo, de cargados arabescos.

Agua, sol y frío. Los redondos papelillos de colores van rodando paralelamente por la acera, al viento agudo de la tarde, y las máscaras, ateridas, hacen bolsillos de cualquier cosa para las manos azules.

Cuando hemos llegado á la plaza, unas mujeres vestidas de locas, con largas camisas blancas y guirnaldas de hojas verdes en los negros y sueltos cabellos, han cogido á Platero en medio de su corro bullanguero, y han girado alegremente en torno de él.

Platero, indeciso, yergue las orejas, alza la cabeza, y, como un alacrán cercado por el fuego, intenta, nervioso, huir por doquiera. Pero, como es tan pequeño, las locas no le temen y siguen girando, cantando y riendo á su alrededor. Los chiquillos, viéndolo cautivo, rebuznan para que él rebuzne. Toda la plaza es ya un concierto altivo de metal amarillo, de rebuznos, de risas, de coplas, de panderetas y de almireces...

Por fin, Platero, decidido, igual que un hombre, rompe el corro y se viene á mí trotando y llorando, caído el lujoso aparejo.


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