una historia (2 – continuada)

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Una Historia (2 – Continuación)

Acaso Miguel te parece un pendejo, y es difícil escribir de él de cualquier otra manera, pero él era mi pendejo agradable. Él se reía de mis bromas y él también podía contar un buen chiste , . Él era bastante culto comparado con la mayoría de la gente que yo había conocido en el campo de Tejas y nuestras conversaciones eran raramente aburridas. Cuando estábamos juntos, era fácil encontrar algo para hacer y así podíamos olvidarnos del pueblo horrible en el cual nos encontrábamos – ya fuera sobre los tabacos más finos de Holanda o quesos de Francia, discusiones sobre las obras de Thoreau y Gibran, o de los entresijos de las letras de Steven Patrick Morrissey.
Nunca estuve preocupado por las deudas de Miguel de los meses anteriores. Él me dijo que cumpliría su promesa y nunca tuve ninguna razón para descreerlo. Miguel siempre tenía dinero para un paquete de cigarrillos o una caja de cerveza o para comprarse cualquier cosa que se pusiera de moda. Además, como si todo esto no fuera suficiente, el padre de Miguel siempre me pareció que tenía un aire de superioridad y opulencia cada vez que yo le veía – él tenía este apretón de manos que siempre me pareció que se trataba más de presumir del Rolex que lucía en su muñeca que de un verdadero intercambio de cumplidos. Siempre pensé que su pose no podía ser más que una payasada para impresionar a su hijo y los amigos de su hijo, . No estoy seguro por qué yo identificaba su apretón de manos con algún tipo de superioridad u opulencia, pero en aquellos momentos cuando yo estaba bajo su presencia, me sentía empobrecido – un sentimiento que muy a menudo se hizo tan potente que yo casi quería ponerme a contar el dinero de mi cartera para saber que al menos tenía un poco.
Las deudas de Miguel las había ido contrayendo durante un viaje a México a principios de primavera. Habíamos reservado el viaje en enero, después de haber bebido demasiadas botellas de vino. Él simplemente no trajo bastante dinero para todo el viaje y su padre no contestaba el teléfono para enviarle más dinero. Seguramente, no fue enteramente la culpa de Miguel y, de verdad, era tanto mi problema como el suyo. Después de todo, él era mi compinche, mi entrenador del acento de Inglaterra, y mi séquito – así como también desempeñó muchos otros papeles esenciales durante nuestro viaje de depravación alrededor las playas de Cancún.

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